En la noche del sábado 11 de julio de 2026, en el plató de Malas Lenguas Noche de La 2, ocurrió algo que debería haber hecho saltar todas las alarmas del feminismo oficial. Marta Gómez Montero, tertuliana del programa, se levantó entre lágrimas, acusó al presentador Jesús Cintora de haberla humillado repetidamente y se marchó diciendo que prefería “comer mierda” antes que seguir aguantando. Un momento crudo, humano, de esos que ponen a prueba la famosa “sororidad” que tanto se predica desde ciertos púlpitos mediáticos.
Y ahí estaba Esther Palomera, la gran voz del feminismo radical de izquierda en las tertulias de turno. ¿Qué hizo la defensora de las mujeres, la que nunca se corta un pelo para denunciar el patriarcado, la que firma manifiestos y tuitea contra la violencia machista? Pues… prácticamente nada. Se quedó en su sitio, cara de circunstancias, y al final soltó un comentario tibio y diplomático: “Nos ha dejado a todos con muy mal cuerpo. No es plato de buen gusto para ninguno de los que estamos aquí”.
¡Menuda lección de sororidad! ¡Qué ejemplo tan inspirador para las jóvenes que sueñan con un mundo donde las mujeres nos apoyemos las unas a las otras! Marta se iba destrozada, llorando en directo, hablando de facturas, de hijos y de dignidad pisoteada, y la respuesta de la feminista profesional fue un “qué mal rollo general, ¿no?”. Como si estuviera comentando que se había acabado el café del plató.
Porque el feminismo de Esther Palomera —ese feminismo radical de izquierda que tanto presume de interseccionalidad y de “hermanas unidas”— tiene un pequeño problema de manual de instrucciones: solo funciona cuando la mujer en apuros encaja en el relato correcto. Si la humillada es una que defiende posturas incómodas, que no traga el argumentario oficial o que simplemente se harta de que un presentador la trate como un felpudo en directo, entonces… “ella sabrá”. La sororidad se convierte en un concepto tan selectivo como una invitación a Ferraz: solo para los de dentro.
Imaginemos por un segundo el titular alternativo que habría escrito la propia Esther si la que se hubiera ido llorando hubiera sido una tertuliana de derechas acusando a un presentador de derechas. Habría sido un escándalo nacional, un nuevo caso de violencia machista en los medios, una prueba más de que el patriarcado sigue campando a sus anchas. Pero cuando el que humilla es un presentador progresista y la que llora es una que no comulga al 100 % con el guion… silencio sepulcral. O peor: un comentario neutro que no compromete a nadie.
Esto no es feminismo. Esto es feminismo performativo de salón. El que sirve para llenar columnas, para quedar bien en redes y para mantener el carnet de “mujer comprometida” bien visible. Pero que, cuando llega el momento de la verdad —cuando una compañera se rompe en directo y necesita que alguien diga “esto no se hace”— se evapora más rápido que las promesas de igualdad en un gobierno que lleva años gobernando.
Marta Gómez Montero se fue con dignidad. Dijo basta. Prefirió perder el sueldo antes que seguir tragando. Y Esther Palomera, la gran feminista, se quedó sentada, reconduciendo el debate como si nada. Porque en este tipo de feminismo, la única solidaridad que importa es la que no te cueste un titular incómodo ni una bronca con el presentador de turno.
Al final, el numerito de Malas Lenguas ha servido para algo: para dejar claro que hay feministas que solo lo son cuando les conviene. Y que, cuando una hermana de verdad necesita apoyo, algunas se acuerdan de que “no es plato de buen gusto”… pero se lo comen igual.


























































