El partido estaba en coma. El viejo líder, Don Anselmo, llevaba tres legislaturas prometiendo “el cambio que España necesita” mientras se cambiaba de amante cada mes y de principios cada trimestre. Los barones territoriales empezaban a impacientarse. Los militantes de base pedían sangre nueva. Y Paco Sandoval olía la oportunidad como un perro de caza huele un chorizo en la distancia.
—Ha llegado el momento —le dijo Leticia una mañana, mientras le preparaba el nudo de la corbata en el espejo del baño de su ático (con vistas a la Castellana y sauna incorporada, claro)—. Anselmo está débil. Tú eres joven, guapo y la gente te cree cuando mientes. Es perfecto.
Paco la besó con esa mezcla de cariño y cálculo que ya era su marca personal.
—Necesitamos una crisis. Algo que lo haga caer sin que parezca que lo empujamos.
La crisis llegó sola, como suelen llegar las mejores oportunidades en política: por la vía escandalosa.
Un periódico publicó que Don Anselmo había usado fondos del partido para pagar “servicios de relajación” en un establecimiento de Chueca. El Vapor Dorado no apareció mencionado por nombre (gracias a las gestiones discretas de Don Ramiro), pero las fotos del líder saliendo con la toalla aún puesta fueron portada durante semanas.
El partido entró en pánico. Se convocó un congreso extraordinario.
Paco, como secretario de organización, se movió como pez en el agua… o como chapero en jacuzzi. Organizó cenas privadas, prometió cargos, recordó favores y, sobre todo, dejó que Leticia manejara las amenazas más sucias.
La noche antes del congreso, en la suite presidencial de El Vapor Dorado (convertida temporalmente en cuartel general), se reunieron los fieles:
—Anselmo tiene que dimitir por “motivos de salud” —propuso Víctor Lagos, ya completamente entregado al proyecto Paco.
—O por “motivos de toalla” —añadió Leticia con una sonrisa afilada.
Paco se levantó, se ajustó los puños de la camisa y pronunció el discurso que había ensayado frente al espejo mil veces:
—Mañana no voy a atacar a Anselmo. Voy a ofrecer renovación. Juventud. Transparencia. Y un jabón nuevo para limpiar el partido.
El día del congreso fue glorioso. Anselmo, pálido y sudado, intentó defenderse. Pero cada vez que abría la boca, alguien en la sala tosía “¡Vapor!” disimuladamente. Paco habló con pasión contenida, miró a las cámaras, prometió regeneración democrática y abrazó a militantes de base como si realmente le importaran.
Ganó por aplastante mayoría.
Cuando lo proclamaron nuevo líder del partido, Paco subió al estrado, levantó los brazos y gritó:
—¡España merece un nuevo comienzo!
Leticia, desde primera fila, lo miraba con orgullo de dueña. Don Ramiro, en una esquina, levantaba discretamente una copa de coñac.
Esa noche, en la celebración privada (otra vez en la sauna del hotel, porque las tradiciones son importantes), Paco, Leticia y un grupo reducido de fieles brindaron.
—Ahora viene lo difícil —dijo Víctor Lagos—. Las generales. Si ganas, serás presidente.
Paco, con solo una toalla blanca y una sonrisa peligrosa, miró a su mujer.
—Ganaremos. He pasado de enjabonar espaldas a enjabonar conciencias. Sé cómo se hace.
Leticia se acercó, le quitó la toalla con un movimiento experto y le susurró al oído:
—Y yo sé cómo mantenerte duro en el cargo.
Don Ramiro, que observaba desde la puerta, soltó su carcajada ronca habitual.
—Mi chico… ya casi está en Moncloa. Solo falta un último empujón.


























































