La campaña de las generales fue la más sucia, brillante y vaporosa de la historia reciente de España.
Paco Sandoval se lanzó a la carretera como quien se lanza a una orgía: sin complejos y con mucha resistencia. Leticia viajaba con él en el autobús electoral, coordinando encuestas, filtraciones y masajes de cuello (y de ego) entre mítines. Don Ramiro aportaba la financiación “extraoficial” y los contactos que nadie quería reconocer en público.
El lema de campaña fue idea de Leticia: “Un nuevo jabón para una España que huele mal”.
La oposición lo llamó vulgar. La gente lo coreaba en los mítines. Paco lo repetía con esa sonrisa que ya tenía copyright.
Durante tres meses recorrió pueblos, ciudades y saunas discretas de medio país. Prometía empleo, vivienda, feminismo, ecologismo y, sobre todo, “transparencia”. Cada vez que un rival sacaba el tema de su pasado, Paco respondía con maestría:
—Sí, estuve en el fondo. Toqué fondo… y toqué muchas cosas. Pero precisamente por eso sé lo que necesita la gente de abajo.
Las encuestas subían. Los escándalos también.
A dos semanas del 23-J, el periodista Jaime Cortázar reapareció con una bomba: un dosier completo sobre las actividades de El Vapor Dorado y sus conexiones con el partido. La filtración venía de un antiguo militante resentido.
La noche que estalló la noticia, Paco, Leticia y Víctor Lagos se encerraron en la suite presidencial del hotel de campaña (con sauna, obviamente).
—Esto nos hunde —dijo Lagos, pálido.
—No —respondió Leticia con frialdad—. Esto lo convertimos en ventaja.
Al día siguiente Paco dio una rueda de prensa memorable. Sin corbata, con camisa remangada y mirada de arrepentimiento ensayado frente al espejo:
—Quiero ser sincero con los españoles. Sí, en mi juventud pasé por momentos difíciles. Trabajé en un centro de bienestar. Toqué muchas espaldas doloridas. Aprendí que la política es contacto humano, cercanía y, sobre todo, limpiar lo que está sucio. Si eso es pecado, asumo mi culpa.
La rueda de prensa se hizo viral. Los memes inundaron las redes. “El presidente que sabe dar masajes” se convirtió en trending topic. Hasta la izquierda más radical lo defendió: “Al menos este ha currado de verdad”.
La noche electoral fue apoteósica.
Cuando el escrutinio dio la mayoría absoluta (gracias a pactos de última hora con nacionalistas que Don Ramiro había “enjabonado” convenientemente), Paco Sandoval subió al escenario del hotel como un dios del Olimpo recién salido de la ducha.
Leticia a su derecha. Don Ramiro en primera fila, con lágrimas en los ojos y un puro prohibido en la boca. Víctor Lagos detrás, ya calculando los próximos cargos.
Paco tomó el micrófono, miró a cámara y pronunció las palabras que millones de españoles recordarían:
—Hoy no solo gano yo. Gana el cambio. Gana la gente que quiere un país limpio, fresco y… bien atendido.
La multitud enloqueció.
Esa madrugada, en el Palacio de la Moncloa (que acababa de estrenar oficialmente), Paco y Leticia entraron por primera vez como presidente y primera dama. El despacho olía a historia y a moqueta nueva.
Paco se sentó en el sillón presidencial, se aflojó la corbata y soltó una carcajada larga, profunda, casi animal.
—¿Sabes qué, cariño? —le dijo a Leticia, que se sentó encima de la mesa con las piernas cruzadas—. Hace diez años me pagaban por enjabonar a un señor en una sauna. Ahora me pagan millones para enjabonar a todo un país.
Leticia se inclinó, lo besó y le susurró:
—Y lo mejor es que todavía no has visto el presupuesto de La Moncloa para “gastos de protocolo”.
En ese momento sonó el teléfono. Era Don Ramiro.
—Felicidades, señor Presidente. ¿Cuándo quieres que te mande la nueva hornada de “asesores” de confianza?
Paco miró al techo, sonrió con esa sonrisa peligrosa que ya era marca de la casa y respondió:
—Mándalos mañana. Que vengan con toallas limpias.


























































