En este reino de la eterna excusa, donde el sol es Sánchez y la luna su coartada, nada es culpa suya, que el cielo lo ampara: ¡hasta el Diluvio Universal le pediría disculpas!
No tiene la culpa de habernos encerrado tres meses como ratas en jaula ilegal, que el COVID era un convidado de piedra y él, solo un santo varón en su balcón real.
Tampoco culpa tiene de las vacunas a granel, venenos en jeringa comprados a destajo, que si la gente cae tiesa como en un aquelarre, será que el cuerpo es frágil y no el contrato.
De La Palma tampoco es responsable el bueno: los damnificados en barracones como perros, que la lava fue caprichosa y el dinero, pues se lo tragó otro volcán más profundo y sereno.
En Valencia, ¡qué culpa va a tener el pastor si los valencianos se ahogaron como ratas en la riada! Él estaba en su olimpo, con gesto de dolor, mientras el barro hacía de juez y de sepultura barata.
Del apagón tampoco: fue el viento, o el chino, o el hado, o quizá un duende malévolo de Podemos traidor; que Pedro es luz pura, faro inmaculado, y si España se queda a oscuras, culpa del generador.
El tren de Adamuz descarriló por arte de birlibirloque, no por su gestión de ferrocarriles hecha trizas; que si los muertos viajan, será que el destino es loco y Sánchez solo pone la cara de circunstancias.
Y qué decir de su corte de justos e inocentes: la esposa, el hermano, Ábalos, Koldo y compañía, el Fiscal General con toga de impunidad reluciente, y medio PSOE más procesado que un cuartel de la Guardia.
Todos son víctimas de una conspiración villana, de la derecha rancia, del juez prevaricador, mientras Pedro, con mano en el pecho y voz de campana, declara: «Yo no fui, yo no supe, yo no vi, yo no soy».
¡Oh, varón sin culpa, Job a la inversa y al revés! Si el mundo se hunde, será que el mundo es torpe y vil. Tú sigues impoluto, como el aceite en el pez, rey de la coartada, emperador del «no es culpa mía, civil».
Que Dios te conserve tan limpio y tan entero, que para cuando caigas —que caerás, que el tiempo es justo— al menos tengas preparada la excusa del siglo entero: «Fue el universo, señor juez, que me tenía manía».


























































