La filtración de la foto de la manifestación juvenil había sido un golpe bajo, pero Paco Sandoval ya estaba aprendiendo que en política (y en saunas) las puñaladas por la espalda vienen siempre con una sonrisa y factura incluida.
Leticia se encargó del contraataque con la eficiencia de quien lleva años gestionando crisis de erecciones y deudas fiscales.
—Vamos a convertir tu pasado radical en un activo —le dijo mientras le servía un whisky en la suite presidencial—. Dirás que fue una etapa de “búsqueda existencial”. La gente de izquierdas se emociona con las redenciones. Y los de derechas se ponen cachondos con la conversión.
Don Ramiro, desde su trono de madera húmeda, soltó una carcajada.
—Además, vamos a hacer tu primer acto público. Pequeño. Controlado. En un local que conocemos bien.
El local resultó ser el salón de actos de un centro cívico de Lavapiés que, casualmente, era propiedad de uno de los “amigos especiales” de la sauna. Treinta personas invitadas, prensa amiga y mucha humedad en el ambiente.
Paco subió al escenario con su traje nuevo, pero con la camisa ligeramente desabrochada “para conectar con la gente”. El título de su intervención: “Un nuevo jabón para una España sucia”. Leticia había insistido en ese eslogan. Paco había protestado. Leticia había ganado.
—Queridos compañeros —empezó Paco con voz grave y mirada de cordero degollado—. Hace años yo gritaba en las calles contra el sistema… porque no lo conocía por dentro. Hoy, después de haber tocado fondo y haber tocado… otras cosas —risas nerviosas entre el público—, os digo que el cambio real no viene de los gritos, sino de las manos que trabajan.
Manolo, sentado en la última fila con cara de pocos amigos, murmuró lo suficientemente alto como para que se oyera:
—Manos que trabajan… y culos que pagan.
Pero la sala ya estaba entregada. Paco tenía ese algo. Esa capacidad de decir obviedades con cara de estar revelando los secretos del universo.
Al terminar, Leticia se acercó y le susurró al oído mientras le arreglaba la corbata:
—Ha ido bien. Pero ahora viene lo complicado. Enrique Siles quiere que hagas una prueba de lealtad.
La prueba llegó esa misma noche, de vuelta en El Vapor Dorado. Enrique había organizado una “reunión de confianza” en la sala de masajes. Allí estaban Don Ramiro, Leticia, Siles y un misterioso asesor del partido nacional que respondía al nombre de Víctor Lagos.
—Necesitamos saber si estás dispuesto a todo —dijo Siles, sudando más que de costumbre—. Hay un rival interno que está jodiendo nuestra candidatura. Se llama Tomás Valle. Tiene pruebas de… irregularidades en las saunas.
Paco miró a Leticia. Ella asintió levemente.
Esa madrugada, mientras Tomás Valle recibía un “masaje especial” de cortesía de la casa, Paco se encargó personalmente de “recuperar” los documentos comprometedores. No hizo falta violencia. Solo una conversación tranquila, una botella de whisky caro y la promesa de que su esposa nunca vería ciertas fotos tomadas en la sauna años atrás.
Al día siguiente, Tomás Valle retiró su candidatura “por motivos personales”.
Enrique Siles miró a Paco con una mezcla de miedo y respeto.
—Chaval… vas a llegar lejos.
Esa noche, en el jacuzzi, Leticia se subió encima de Paco con una sonrisa triunfal.
—Primer enemigo neutralizado. ¿Cómo te sientes?
—Como si hubiera descubierto mi verdadera vocación —contestó él, agarrándola por las caderas—. La política es como la sauna… pero con más vapor y traiciones más caras.
Don Ramiro, que observaba desde la puerta entreabierta con un puro en la mano, sonrió para sí mismo.
Su inversión estaba dando sus frutos.


























































