El salto de las saunas a las televisiones no se hace en un día. Se hace con un buen traje, una sonrisa ensayada y, sobre todo, con una alianza de oro bien grande.
Seis meses después del mitin en calzoncillos, Paco Sandoval y Leticia del Rosal se casaron en una finca de Toledo que Don Ramiro había “adquirido a buen precio” gracias a ciertos favores prestados a un constructor con gustos muy específicos. La ceremonia fue discreta pero calculada: 150 invitados entre los que había concejales, empresarios sudados, dos diputados nacionales y un obispo que miraba demasiado a los camareros.
Paco lucía impecable con un traje negro que le quedaba como una segunda piel. Leticia, con un vestido blanco que parecía diseñado para que todo el mundo imaginara lo que había debajo, sonreía como quien acaba de cerrar la mejor operación de su vida.
Durante el banquete, Don Ramiro levantó su copa y brindó:
—Por mi yerno, que pasó de dar masajes a dar masajes a la opinión pública.
Las risas fueron nerviosas. Paco sonrió con modestia. Ya dominaba el arte de parecer humilde mientras planeaba su próxima traición.
Pero la verdadera luna de miel no fue en las Maldivas. Fue en un hotel de Madrid donde se celebraba el congreso regional del partido. Leticia había movido todos sus hilos (y algunos de su padre) para que Paco fuera propuesto como candidato a secretario de organización.
La noche antes de la votación, en la suite nupcial reconvertida en centro de operaciones, Paco recibió la visita inesperada de Víctor Lagos, el asesor nacional que olía a poder y a aftershave caro.
—Tienes carisma, Sandoval. La gente te cree cuando hablas. Pero el partido necesita algo más: lealtad absoluta. ¿Estás dispuesto a sacrificar lo que haga falta?
Paco miró a Leticia, que estaba sentada en la cama con un negligé de seda y una carpeta llena de informes comprometedores sobre los otros candidatos.
—Estoy dispuesto a todo —respondió.
Lagos sonrió.
—Bien. Mañana en el congreso vas a hacer un discurso que va a hacer llorar a las viejas del partido y babear a los jóvenes. Y por la noche… tenemos que ocuparnos de un pequeño problema llamado Manolo.
Manolo, el veterano de la sauna, había decidido que ya estaba harto de ver cómo el antiguo novato le pasaba por encima. Había filtrado a cierta prensa sensacionalista unas fotos antiguas de Paco en la sala VIP. Nada explícito, pero suficiente para que un titular dijera: “¿El nuevo rostro del partido venía del Vapor Dorado?”.
La respuesta de Paco fue quirúrgica.
A las tres de la madrugada, mientras Leticia dormía plácidamente, Paco bajó a la sauna privada del hotel (sí, el hotel tenía sauna, porque España es así). Allí le esperaba Manolo, convocado “para arreglar las cosas”.
—No quería llegar a esto, Manolo —dijo Paco con voz triste—. Pero la ambición es como el jabón: o te agarra o te resbalas.
A la mañana siguiente Manolo anunció que se retiraba “por motivos de salud” y que apoyaba plenamente la candidatura de Paco. Nadie preguntó demasiado. En política, las desapariciones repentinas son casi una tradición.
El discurso de Paco fue un éxito rotundo. Habló de “renovación”, de “tocar las bases” (guiño evidente a Leticia), de “limpiar España de corrupción” y de “dar un nuevo jabón a la democracia”. La ovación fue cerrada. Hasta Enrique Siles aplaudía con lágrimas en los ojos… o tal vez era sudor.
Esa noche, en la cama de la suite, Leticia se subió encima de su flamante marido y le susurró al oído:
—Secretario de organización. Próximo paso: diputado. Y después…
Paco la miró con esa sonrisa que ya empezaba a ser famosa en ciertos círculos.
—Y después… lo que el pueblo (y nosotros) necesitemos.
Don Ramiro, que fumaba un puro en la terraza contigua, oyó las risas y sonrió satisfecho.
Su chapero ya no era solo un proyecto.
Era una máquina.


























































