Dos años después de la boda, Paco Sandoval ya no cabía en los trajes que Leticia le compraba. No porque hubiera engordado (el gimnasio y las sesiones de “relajación” con su mujer lo mantenían en forma), sino porque su ego había crecido tanto que necesitaba tela extra.
Era diputado nacional.
El partido, que antes parecía un club de jubilados con deudas, ahora tenía un nuevo rostro: el suyo. Paco había aprendido a hablar sin decir nada durante minutos enteros, a prometer infraestructuras en pueblos que no existían y a mirar a la cámara como si estuviera prometiendo un final feliz a toda España.
Leticia, convertida en su jefa de campaña y manager personal, dirigía todo desde la sombra (y desde la cama). Don Ramiro, mientras tanto, había expandido el imperio de saunas y ahora las usaba como “centros de reunión discreta” para empresarios y cargos públicos.
Pero el éxito siempre viene con factura.
Durante la campaña electoral, un periodista de investigación llamado Jaime Cortázar empezó a husmear demasiado cerca. Tenía fotos. Tenía testigos. Tenía, sobre todo, una grabación de audio de Manolo (ya retirado pero todavía resentido) contando con todo lujo de detalles cómo Paco había “masajeado” su camino hasta el escaño.
La crisis estalló tres días antes de las elecciones generales.
—Tenemos que matarlo —dijo Leticia una noche en el ático de Madrid, mientras paseaba desnuda con una copa de vino tinto en la mano.
—Metafóricamente, espero —respondió Paco, tumbado en la cama con solo la bandera de España cubriéndole lo justo.
—Obviamente. Aunque con algunos periodistas… —Leticia sonrió con malicia.
La solución llegó, como siempre, por la vía sauna. Víctor Lagos, que ahora era mano derecha del líder del partido, organizó un “encuentro informal” en El Vapor Dorado (que seguía siendo la joya de la corona de Don Ramiro).
Jaime Cortázar fue invitado “para aclarar malentendidos”. Lo que no sabía es que la sala VIP tenía micrófonos… y cámaras estratégicamente colocadas. Dos horas después, el periodista salió con la cara roja, la camisa mal abrochada y un acuerdo firmado bajo la mesa: o enterraba la historia o su esposa recibía un paquete muy especial con sus propias actividades extraconyugales.
La historia se murió antes de nacer.
La noche electoral fue épica. Paco ganó su escaño por mayoría aplastante en su circunscripción. Cuando subieron al escenario del hotel de campaña, Leticia le agarró la mano con fuerza y le susurró al oído:
—Esto solo es el principio. El líder del partido está viejo y cansado. Tiene… vicios.
Paco miró a la multitud que coreaba su nombre. Por un segundo recordó al chaval que enjabonaba espaldas por 50 euros la hora. Sonrió con esa sonrisa que ya salía en todas las portadas.
Esa misma noche, en la suite presidencial del hotel (con sauna privada, por supuesto), Leticia, Paco y un Víctor Lagos visiblemente borracho brindaron.
—Mañana empezamos a trabajar en el siguiente nivel —dijo Lagos—. Pero cuidado, Sandoval. En Madrid los tiburones son más grandes y muerden más abajo.
Paco levantó su copa.
—Que vengan. Tengo experiencia en aguas profundas.
Don Ramiro, que observaba todo desde un rincón con su puro eterno, soltó una carcajada ronca.
—Mi chico… de chapero a diputado. Si sigue así, un día va a llegar a presidente.
Nadie en la habitación se rio. Porque todos sabían que no era una broma.
Era un pronóstico.


























































