Después de aquella primera reunión en el bar conspirativo, Lola la Desatascadora se puso manos a la obra con la eficiencia de quien sabe que una fuga mal tapada puede inundar todo el edificio.
El problema era gordo: el país estaba en plena pandemia, la gente se ahogaba (literal y figuradamente) y el Partido del Progreso Eterno necesitaba quedar como los salvadores de la patria. Enrique el Uno vio la oportunidad y se la pasó a Lola como quien pasa una llave inglesa.
—Necesitamos mascarillas, guantes, respiradores… lo que sea. Rápido y sin muchas preguntas —le dijo Enrique en una llamada a las tres de la madrugada.
Lola no parpadeó. Llamó inmediatamente a Koldo el Armario, que en aquella época aún no era famoso por sus bíceps ni por sus maletas misteriosas.
—Koldo, cariño, necesito que muevas tu red de contactos en los aeropuertos. Trae material sanitario como si fuera chorizo de contrabando.
Koldo el Armario, siempre fiel y con el cerebro del tamaño de una tuerca, se puso en marcha. En pocas semanas empezaron a llegar aviones llenos de material que, según los papeles, costaba una fortuna… pero que en realidad venía de proveedores con nombres tan raros que parecían sacados de un anuncio de estafas nigerianas.
Begoña la Impecable, mientras tanto, supervisaba desde su despacho “de consultora independiente” (que casualmente estaba muy cerca del de Enrique). Su especialidad era hacer que los números cuadraran aunque la suma fuera absurda.
—Todo esto es perfectamente legal —decía ella con una sonrisa de anuncio de dentífrico mientras firmaba informes que olían a cloro y a improvisación.
Pero como en toda buena fontanería, siempre hay una fuga inesperada.
Un día, un inspector de Hacienda empezó a hacer preguntas incómodas sobre las comisiones. Lola, rápida como siempre, organizó una “reunión de emergencia” en un restaurante discreto de Madrid. Allí estaban Koldo el Armario (sudando como un fontanero en agosto), Begoña la Impecable y un tal José el Ministro del Transporte, que en aquella época todavía creía que su puesto era para siempre.
—Hay que tapar esto —ordenó Lola mientras cortaba un chuletón como quien corta una tubería defectuosa—. Koldo, tú te encargas de los contactos. Begoña, tú recolocas los papeles. Y Enrique… tú sonríes a las cámaras y hablas de “gestión ejemplar”.
Enrique el Uno, que ya empezaba a saborear el poder, siguió el plan a la perfección. Dio ruedas de prensa con mascarilla FFP2 puesta (de las buenas, claro) y prometió que España era “un ejemplo mundial de resiliencia”.
La jugada funcionó. El partido ganó las elecciones. Enrique el Uno se instaló en La Moncloa con la solemnidad de quien acaba de conquistar un reino. Lola la Desatascadora fue ascendida a “Coordinadora General de Flujos Internos” (cargo inventado pero muy útil). Koldo el Armario empezó a pasearse por los ministerios como si fuera el dueño del edificio. Y Begoña la Impecable… bueno, Begoña empezó a montar su propio imperio de “proyectos sociales” que casualmente siempre recibían subvenciones a tiempo récord.
Pero en el fondo de las cañerías, algo empezaba a oler mal.
Una noche, mientras Enrique el Uno se relajaba en la suite presidencial, recibió un mensaje de Lola:
“Hay una fuga nueva. Más grande. Y esta vez viene con maletas y jueces.”
Enrique miró al techo, sonrió con esa sonrisa que ya era famosa en todo el país y respondió:
“Arreglémosla, Lola. Como siempre.”


























































