En el Callao, Perú, un lugar donde el mar huele a pescado y a veces a algo peor, ocurrió lo que muchos ya sospechábamos: la civilización no solo está en decadencia, está perreando sobre su propia tumba. Literalmente.
La escena, captada en video y viralizada con el subtítulo “ESPOSA Despide a su PAREJA al RITMO de REGGAETON”, muestra a una mujer —presuntamente la viuda— moviendo las caderas con dedicación profesional al lado de un ataúd abierto. Alrededor, familiares y amigos aplauden, levantan las manos y corean como si estuvieran en el cierre de un concierto de J Balvin, no en el último adiós de un ser querido. Un tipo con micrófono (el tal “Nanga”, según los créditos del horror) anima la fiesta. El difunto, desde su caja de madera, sonríe en una foto tamaño real, probablemente sin haber firmado el permiso para que le restregaran el trasero como despedida.
Porque eso es lo que vimos: perreo intenso, twerking incluido, al lado del cadáver. No un llanto discreto, no un rosario, no siquiera el clásico “se nos fue muy pronto”. No. Esto fue “hasta que la muerte nos separe… y después perreamos igual”. El respeto por los muertos quedó reducido a un accesorio decorativo, como las flores de plástico que nadie va a regar.
Los defensores de la “nueva forma de duelo” dirán que es “cultura”, que es “alegría”, que “así lo hubiera querido él”. Claro. Porque nada honra más la memoria de un hombre que convertir su velorio en una discoteca de barrio donde el playlist es más importante que el féretro. ¿Luto? Demasiado aburrido. ¿Dolor? Pasado de moda. La modernidad exige que hasta la muerte sea content.
Y ahí está el problema. No es que esta mujer bailara. Es que lo hizo en público, grabado, con el ataúd abierto y la gente aplaudiendo. Es la versión fúnebre de “si no lo subes a Instagram, no pasó”. La muerte ya no es un momento de recogimiento; es contenido. Y si el contenido no tiene perreo, no sirve.
El tuitero @EsdeProfugos, al compartir el video con el pie de foto “Nos merecemos un asteroide como el que terminó con los dinosaurios”, no fue dramático. Fue preciso. Los dinosaurios se extinguieron por un impacto cósmico. Nosotros estamos bailando nuestro propio impacto. Al menos ellos no tenían reggaetón de fondo mientras el meteorito caía. Nosotros sí. Y lo peor: lo celebramos.
Este no es un caso aislado. Ya hubo viudas perreando en Colombia, en Ecuador, en otros puntos del mapa donde el dembow y la falta de decoro se pusieron de acuerdo. Pero cada vez que pasa, la reacción es la misma: mitad asco, mitad “déjala ser feliz”. Como si la felicidad de una persona justificara convertir el velorio en un show de medianoche.
La viuda del Callao no inventó nada. Solo llevó al extremo lo que ya venimos normalizando: que la vulgaridad es la nueva elegancia, que el respeto es opcional y que la muerte es solo otra excusa para grabar un Reel. El difunto ya no puede opinar. Los que sí podemos, preferimos mirar para otro lado o, peor, aplaudir.
Así que sí. Traigan el asteroide. O al menos un buen diluvio que se lleve los parlantes, los micrófonos y la costumbre de perrear sobre los muertos. Porque si esto es “despedir con amor”, prefiero la extinción masiva. Al menos los dinosaurios se fueron con dignidad. Nosotros ni eso. Nosotros nos vamos perreando.
Y el peor chiste es que, cuando llegue el asteroide, alguien probablemente lo grabará en vertical… y lo subirá con música de fondo.



























































