En las farmacias ya no preguntan si llevas receta. Preguntan directamente: “¿Una caja de Subnormalizante o la grande para toda la familia?”. Porque, según datos extraoficiales pero muy contrastados en la red social que aún se atreve a decir las cosas claras, este es el fármaco que más se está vendiendo en nuestro país. Por delante del paracetamol, del omeprazol y hasta del Lexatin que tanto necesitamos los que aún leemos titulares sin aplaudir.
El culpable de esta epidemia farmacológica tiene nombre, apellidos y un vídeo que debería estar en todos los prospectos.
El clip (ese que lleva la marca de agua “solo COMEDIA” para que nadie se sienta atacado) empieza de forma inocente: un tío en un sofá, cara de “yo solo vine a por el parte de baja”, y otro mirándolo con esa expresión de superioridad moral que solo se consigue después de un máster en Educación Emocional y 47 seminarios de “desmontaje de privilegios”. Hasta ahí, todo normal. Podría ser cualquier terapia de pareja, cualquier coach de Instagram o cualquier profesor de instituto explicando por qué “el lenguaje construye realidad”.
Pero entonces llega la parte buena. La científica. La inclusiva. La que justifica el precio del medicamento.
Trajes de protección NBC. Habitaciones con paredes de rejilla que parecen cárceles para conejillos de indias. Y una manguera de alta presión. Porque nada dice “lucha contra la LGTBIfobia en el medio rural andaluz” como rociar a la gente como si fuera un brote de sarna en una granja de pollos. El paciente (o el alumno, o el ciudadano que aún no ha entendido que debe celebrarlo todo) recibe su dosis de reeducación líquida mientras un operario con traje de astronauta le explica, probablemente, que “maricón” ya no es un insulto, que ahora es un proyecto pedagógico de la Universidad de Granada y que si no aplaude está siendo violento.
El nombre del fármaco lo dice todo: Subnormalizante. No “normalizante”. No “inclusivizante”. Subnormalizante. Porque el objetivo no es que entiendas nada. El objetivo es que dejes de entender. Que dejes de hacer preguntas incómodas. Que dejes de notar que hay cosas que tienen nombre desde hace milenios y que cambiarle el nombre no cambia la cosa, solo te convierte en el gracioso del grupo que aplaude cuando le dicen que el cielo es verde porque “la percepción es un constructo social”.
El proyecto real que ha inspirado esta obra maestra del humor involuntario se llama, sin ironía aparente, “Mariconízate”. Un profesor de francés de secundaria, doctorando en la Universidad de Granada, ha decidido que el gran problema de los institutos rurales andaluces es que los chavales siguen usando la palabra “maricón” en los pasillos. Su solución revolucionaria: un programa para que “desmonten prejuicios desde la empatía”. Es decir, que los críos aprendan a no ofenderse cuando les llaman maricones… o a ofenderse cuando no se les llama así. Todavía no lo tengo claro. Depende de la dosis de Subnormalizante que lleves en sangre.
Los medios serios (RTVE Andalucía, Cadena SER, El Periódico) lo han contado con el tono de quien anuncia el descubrimiento de la penicilina. “Un profesor lucha contra la homofobia con un nombre provocador”. Provocador, sí. Tan provocador como llamar “Castración Voluntaria para Todos” a un taller de yoga.
El Subnormalizante tiene efectos secundarios bien documentados:
- Pérdida irreversible del sentido del ridículo.
- Alergia aguda a cualquier frase que contenga las palabras “realidad biológica”.
- Necesidad imperiosa de poner pronombres en la firma del correo electrónico aunque trabajes solo.
- Capacidad de leer “Mariconízate” y pensar que es una idea brillante en vez de un chiste de Eugenio que se escapó del guion.
- Y el más grave: la convicción de que si algo no tiene sentido, el problema no es la idea… eres tú, que aún no has tomado suficiente.
España lleva años consumiendo este medicamento a dosis industriales. Lo recetan en las facultades de Educación, en las televisiones públicas, en los ayuntamientos que organizan semanas de la diversidad y en las empresas que obligan a sus empleados a hacer formaciones de “lenguaje inclusivo” mientras despiden a la mitad de la plantilla por “reorganización”.
El vídeo de la manguera y los trajes de protección no es una parodia. Es el prospecto ilustrado. Es lo que pasa cuando una sociedad decide que el problema no son los prejuicios reales, sino que la gente siga notando que el emperador va desnudo.
Así que ya lo sabes. Si todavía te ríes cuando alguien dice “Mariconízate” sin que se le salten las lágrimas de emoción, si todavía crees que un nombre que suena a insulto de patio de colegio de 1997 no es la mejor forma de combatir la homofobia, si todavía tienes la osadía de pensar que quizás, solo quizás, hay formas menos ridículas de educar en el respeto… tienes un problema.
Necesitas Subnormalizante.
Tómate una. O dos. O las que haga falta hasta que aplaudas cuando te rocíen con la manguera.
Es por tu bien. Es por el bien de la sociedad. Es por el bien de los pandas, del planeta y de la democracia.
Y si después de la tercera dosis sigues sin entender nada… enhorabuena. Ya eres un ciudadano ejemplar del siglo XXI.
Bienvenido al club. El agua de la manguera está templada.
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— Elefante Rosa 🐘 (@_ElefanteRosa_) June 22, 2026


























































