Atención, amantes del pescaito frito y de las tapas que antes eran asequibles: ya tenemos la explicación oficial de por qué la sardina te cuesta un 25 % más que el año pasado, el boquerón y la anchoa un 12 % y la gamba blanca un 10 %. ¿Inflación? ¿Intermediarios que se forran? ¿Especulación pura y dura? ¡Qué va! Según la última noticia de COPE, la culpa es… del calentamiento del mar.
Sí, has leído bien. El termómetro del Mediterráneo ha subido un poquito y, de repente, los peces de las lonjas alicantinas han decidido ponerse en huelga de capturas. “El aumento térmico del mar merma las capturas y encarece varias especies”, rezan los titulares con esa cara de solemnidad científica que solo se pone cuando hay que vender una justificación absurda.

Imagínate la escena en el fondo del mar: —Oye, sardina, ¿vienes a la lonja? —Ni de coña. Hoy el agua está a 24,3 grados. Yo solo salgo si está a 23,8. Que se jodan los humanos y paguen 25 % más. —¿Y tú, boquerón? —Yo igual. Además, la anchoa me ha dicho que este año solo se deja pescar si le suben el sueldo un 12 %.
Genial. Ahora resulta que el cambio climático no solo derrite glaciares y genera huracanes, sino que también actúa como el departamento de marketing de los mayoristas. Antes, cuando el aceite subía, era “por la guerra de Ucrania”. Cuando el huevo se ponía por las nubes, “por la gripe aviar”. Cuando el café se disparaba, “por las sequías en Brasil”. Y ahora, cuando el pescado fresco te deja la cuenta como si hubieras comido en un restaurante con estrella Michelin, es “porque el mar está calentito”.
La belleza del argumento es que es irrefutable. ¿Quién va a discutir con la temperatura del agua? Nadie. Puedes quejarte de los márgenes comerciales, de la intermediación abusiva o de que en el supermercado te cobran el boquerón como si fuera oro blanco, pero el mar… el mar no tiene Twitter. El mar no da explicaciones. El mar simplemente “se calienta” y punto.
Mientras tanto, en las lonjas de Alicante, los pescadores miran el termómetro, se encogen de hombros y suben el precio. Y el consumidor, que solo quería unas sardinas a la plancha o un plato de gamba blanca, se queda mirando el ticket como quien contempla una obra de arte contemporáneo: “¿Esto es real o me están tomando el pelo de forma institucionalizada?”.
La respuesta, querido lector, es la segunda.
Así que la próxima vez que veas el cartel de “sardina 25 % más cara – culpa del calentamiento global”, no te enfades con el planeta. Enfádate con el sistema que ha encontrado la excusa más elegante y absurda del año para seguir exprimiéndote. Porque si el mar sigue subiendo de temperatura al ritmo que suben los precios, dentro de poco no solo no habrá sardinas… no habrá ni quien pueda pagarlas.
Y entonces sí que nos quedaremos todos fríos.


























































