Atención, espectadores de la función más cara y surrealista de la historia reciente de España: el Gobierno, la Policía, la Guardia Civil y todo el aparato del Estado no están “gestionando” una crisis migratoria. Están montando el decorado. Porque el guion ya está escrito y el final es tan elegante como un regalo envuelto en concertinas: Ceuta se entrega a Marruecos. Y no por casualidad, sino para que Israel, Estados Unidos y el Reino Unido se repartan cómodamente los dos extremos del Estrecho de Gibraltar.
Mientras la gente se indigna con las imágenes de la playa del Trampolín —ese eterno bucle de desalojo matutino, limpieza a medias y reocupación vespertina—, los que mandan de verdad se frotan las manos. ¿Que la Policía y la Guardia Civil “se llevan de excursión” a miles de personas y a las pocas horas vuelven a aparecer? Perfecto. Es el ensayo general. Hay que mantener la ciudad en un estado de tensión permanente, de caos controlado, de “no podemos más”, para que cuando llegue el momento de firmar el traspaso nadie se extrañe. “Es que era insostenible”, dirán. “No nos quedaba otra”. Y el público, exhausto de ver el mismo espectáculo día tras día, aplaudirá el desenlace.
La lógica es impecable si uno se quita las gafas de la inocencia. Gibraltar ya está en manos británicas. El otro lado del Estrecho, el africano, necesita un dueño más… colaborador. Marruecos, una vez con Ceuta en el bolsillo, se convierte en el socio ideal. Y ahí es donde entran los otros dos socios del club: Estados Unidos e Israel. Uno aporta la potencia militar y los drones; el otro, la tecnología de vigilancia y la experiencia en controlar pasos estratégicos. El Estrecho deja de ser un problema compartido entre España y Marruecos y se transforma en un corredor blindado bajo supervisión atlántico-israelí-británica. Comercio, energía, seguridad… todo más fácil cuando no tienes que negociar con un gobierno español que un día dice una cosa y al siguiente otra.
Por eso el desalojo del Trampolín no es un fracaso. Es parte del guion. Limpian la playa, trasladan a la gente a centros temporales, permiten que vuelvan, repiten. Cada ciclo refuerza el mensaje: “Esto no tiene solución dentro de España”. Cada titular de “Caos en Ceuta” es un empujoncito más hacia la cesión. Y mientras tanto, los comunicados oficiales siguen proclamando que “la españolidad de Ceuta está fuera de toda duda”. Claro. Igual que el Titanic era “insubmergible”.
Así que la próxima vez que vean a los agentes armando el perímetro en la playa, no piensen en incompetencia. Piensen en utilería. Están preparando el escenario para el gran final: Ceuta cambia de bandera, Marruecos sonríe, y desde Gibraltar hasta la costa africana el Estrecho queda bajo el control de quienes realmente mandan. Israel, EEUU y el Reino Unido se aseguran los dos extremos. España se queda con el orgullo herido y un comunicado que dice que “nunca se ha tratado”.
Y nosotros, mientras tanto, seguimos mirando el espectáculo del Trampolín como si fuera la noticia principal. Qué buena la función. Qué bien nos la están colando.


























































