A las dos semanas de su “ascenso estratégico”, Paco Sandoval ya no parecía el mismo. Leticia se había encargado personalmente de su transformación. Adiós a las camisetas ajustadas de mercadillo y a los vaqueros con roturas estratégicas. Ahora lucía un traje gris marengo que costaba más que tres meses de alquiler en Lavapiés, una corbata azul que, según Leticia, “transmitía confianza y cierta inocencia peligrosa”, y un corte de pelo que lo hacía parecer un presentador de telediario con gimnasio privado.
—Pareces un político de verdad —le dijo Leticia mientras le ajustaba el nudo de la corbata en el vestuario VIP—. Solo te falta aprender a mentir mirando a los ojos sin que se te note el jabón en las manos.
Esa misma noche se celebró la primera “reunión de alto nivel” en la sala más discreta de El Vapor Dorado: la Suite Presidencial (irónicamente llamada así mucho antes de que Paco soñara con llegar a Moncloa).
Asistentes: Don Ramiro, Leticia, un diputado regional del partido moribundo llamado Unión Progresista por el Futuro (UPF), y un asesor de imagen que olía a fracaso y a colonia de El Corte Inglés.
—Necesitamos una cara nueva —dijo el diputado, que respondía al nombre de Enrique Siles, mientras sudaba profusamente bajo la toalla—. Alguien que no esté quemado. Alguien… fresco.
Todos miraron a Paco. Este sonrió con esa mezcla perfecta de humildad y arrogancia que ya empezaba a dominar.
—Estoy dispuesto a servir al partido —dijo con voz grave—. Y al pueblo, por supuesto.
Leticia reprimió una carcajada. Don Ramiro asintió orgulloso, como si estuviera viendo nacer a su obra maestra.
Los siguientes días fueron un torbellino. Paco dejó de trabajar en la sala general. Ahora su labor era “relaciones institucionales”. Por el día, asistía a cursos acelerados de oratoria y protocolo. Por la noche, en la sauna, recibía clases prácticas de cómo prometer todo sin comprometer nada.
Pero no todo era glamour y vapor.
Manolo, el veterano que le había enseñado los trucos del oficio, empezó a mosquearse. Una tarde lo acorraló en el pasillo de las taquillas.
—Así que ahora eres el favorito, ¿eh? De chapero a casi yerno del jefe. Qué rápido subes, Paco.
—No es nada personal, Manolo. Es ambición.
—Ambición se llama cuando te follas a la hija del jefe y dejas a los compañeros atrás. Ten cuidado. Aquí los que suben demasiado rápido suelen resbalar con el jabón.
Paco no le hizo caso. Error.
Dos noches después, durante una reunión clave con posibles donantes (dos empresarios y un sindicalista con gustos muy concretos), alguien filtró una foto antigua de Paco. No era comprometida… era peor. Era él, con veinte años, en una manifestación de izquierdas radical gritando contra “el sistema burgués”.
La foto llegó al móvil de Enrique Siles justo cuando este estaba a punto de proponer a Paco como candidato a las próximas elecciones locales.
—¿Esto es una puta broma? —rugió Siles en la sala—. ¿Queréis que presentemos a un ex-revolucionario de sauna?
Leticia miró a Paco. Paco miró a Manolo, que estaba en la puerta con cara de no haber roto un plato en su vida.
La primera puñalada había llegado. Y venía con toalla y sonrisa de veterano.
Aquella noche, en el jacuzzi, Leticia se sentó sobre las rodillas de Paco con una copa en la mano.
—¿Vas a dejarte joder por un viejo resentido?
Paco la miró con los ojos brillantes de quien ya no tiene marcha atrás.
—No. Voy a aprender a joder yo primero.
Leticia sonrió, peligrosa y orgullosa.
—Bienvenido al partido, cariño.


























































