Pasaron tres semanas desde aquella primera noche con Don Ramiro. Paco Sandoval ya no era el novato asustado que temblaba al quitarse la toalla. Ahora tenía clientela fija, una taquilla con su nombre (en purpurina, cortesía de Manolo) y una cuenta corriente que por fin había dejado de estar en números rojos.
Pero Paco era ambicioso. Y la ambición, como bien sabía, se alimenta mejor con información que con músculos.
Una tarde tranquila, mientras reponía toallas en la zona VIP, apareció ella.
Se llamaba Leticia del Rosal. Hija única de Don Ramiro, treinta y pocos, pelo negro azabache, mirada de quien ha leído a Maquiavelo en la playa y unos tacones que resonaban como tambores de guerra sobre las baldosas húmedas. Dirigía las finanzas de todas las saunas del grupo y, según los rumores, también dirigía a su padre cuando este se ponía demasiado sentimental con los chicos guapos.
—Así que tú eres el famoso Paco —dijo sin preámbulos, cruzándose de brazos y mirándolo de arriba abajo como quien evalúa un caballo de carreras—. Mi padre dice que tienes “potencial de alto standing”.
Paco sonrió con esa mezcla perfecta de timidez falsa y seguridad peligrosa que estaba empezando a perfeccionar.
—Solo intento dar un buen servicio, señorita.
Leticia soltó una risa corta, casi un ladrido.
—Aquí nadie da “buen servicio” por vocación. Todos quieren algo. ¿Qué quieres tú, Paco Sandoval?
Él se acercó un paso, bajando la voz como en las películas malas de sobremesa.
—Quiero dejar de ser el que enjabona… y empezar a ser el que decide quién necesita jabón.
Leticia levantó una ceja. Le gustó la respuesta. Demasiado.
Aquella misma noche, Don Ramiro organizó una “reunión discreta” en la sala presidencial de la sauna. Solo cuatro personas: él, Leticia, Paco y un concejal del ayuntamiento que venía a cobrar “favores” en especie.
Mientras Paco le servía una copa a Don Ramiro, este le susurró:
—Mi hija necesita a alguien con… carisma popular. Alguien que sepa moverse entre la gente de abajo y la de arriba. Tú pareces de goma: te adaptas a cualquier agujero.
Paco no se ofendió. Al contrario. Vio la oportunidad.
Más tarde, en el jacuzzi privado, Leticia y él se quedaron solos. Ella con una copa de champagne, él con solo una toalla estratégicamente colocada.
—Mi padre cree que puedes ser útil —dijo Leticia, pasando un dedo por el pecho de Paco—. Yo creo que puedes ser peligroso. Me gusta lo peligroso.
—¿Y qué propones? —preguntó él.
—Primero, te sacamos de la sala general. Te ponemos en la zona de clientes premium. Luego… empezaremos a meterte en algunos círculos. Hay un partido pequeño, moribundo, que necesita sangre nueva. Caras frescas. Sonríes bien. Hablas bien. Y, sobre todo —sonrió con malicia—, sabes guardar secretos.
Paco la miró fijamente. Por primera vez sintió que la toalla le sobraba y la ambición le apretaba.
—Estoy dispuesto a todo, Leticia.
Ella se acercó hasta casi rozarle los labios.
—Esa es exactamente la respuesta incorrecta… y la que quería oír.
Aquella noche, mientras Leticia dormía en la suite de arriba, Paco se quedó mirando el techo de la sauna, con el olor a cloro y ambición pegado a la piel.
Estaba claro: ya no era solo un chapero.
Estaba empezando a ser un proyecto.



























































