Amigos, bienvenidos al futuro. Ese futuro verde, limpio y sostenible que nos prometieron con anuncios de gente sonriente cargando su coche junto a un molino de viento mientras un unicornio les da de beber agua mineral. Resulta que el unicornio era de cartón piedra y el molino estaba apagado porque no había viento. Bienvenidos a la era del coche eléctrico: la estafa más cara, pesada y pirotécnica de los últimos años.
Empecemos por la autonomía, esa palabra mágica que los fabricantes lanzan como si fueran magos de feria. “¡500 kilómetros reales!” dicen. Luego sales a la carretera, pones el aire acondicionado (porque hace 35 grados y no eres un mártir), subes un poco la velocidad y de repente el coche te avisa que te quedan 180. En invierno, con la calefacción, es todavía más épico: la batería se pone en modo hibernación y te invita a pedirle un taxi a un amigo con diésel. La ansiedad de autonomía no es un mito psicológico. Es un estilo de vida. Planificas el viaje como si fueras a cruzar el desierto del Sáhara con un camello que solo bebe en enchufes concretos y a horas concretas. Y si el cargador está ocupado, roto o pide una app que no funciona… enhorabuena, ya eres un campista involuntario.
Luego está el rendimiento. Sí, aceleran como un cohete. Cero a cien en tres segundos. Impresionante… hasta que recuerdas que llevas encima una batería del tamaño de un frigorífico industrial. El coche pesa lo que un pequeño elefante africano y se nota en todo: neumáticos que se gastan más rápido que la paciencia de un madrileño en un atasco, suspensión que sufre, frenos que trabajan horas extras y curvas que se toman con la elegancia de un armario empotrado. Es como ponerle un motor de Fórmula 1 a un elefante y luego quejarse de que no baila ballet. El rendimiento real se resume en una frase: “va muy bien… mientras tenga batería y no haga frío, calor, lluvia o cuesta”.
Y llegamos al plato fuerte. El que resume perfectamente el nivel de seguridad y fiabilidad que nos están vendiendo. Un vídeo reciente de TeleMadrid muestra un Peugeot eléctrico (sí, uno de esos “seguros y limpios”) que, de camino a casa, empieza a vibrar, las dos chicas que lo conducían paran en el arcén… y el coche decide convertirse en una hoguera espontánea. Llamas, humo negro, bomberos, tráfico cortado en la A-3. El tuit que lo acompaña lo dice con una ironía que duele: “Coches eléctricos, tan seguros como las vacunas”. Porque nada dice “progreso” como un vehículo que, cuando se enfada, no se apaga con un extintor normal. Hay que enfriarlo durante horas, a veces días, porque las baterías de litio tienen la simpática costumbre de reencenderse cuando menos te lo esperas. Es el único coche que puede incendiarse dos veces por el mismo motivo. Sostenibilidad 2.0: quemas el planeta un poco menos… pero te quemas tú un poco más.
Coches léctricos,tan seguros como las vacunas. pic.twitter.com/35gtHAl7Z6
— Francisco Javier (@Francis4173166) August 23, 2026
Claro que hay quien dirá que son casos aislados, que la tecnología mejora, que el futuro es eléctrico. Y tienen razón en una cosa: el futuro es eléctrico… para quien pueda permitirse el precio de entrada, el cargador en casa, la ansiedad permanente y la posibilidad de que su coche se convierta en una barbacoa improvisada. El resto seguimos con nuestros contaminantes, ruidosos y maravillosamente fiables motores de combustión, esos que cuando se averían no amenazan con incendiar el barrio entero.
Así que la próxima vez que alguien te intente vender la moto (perdón, el coche eléctrico) con discursos de salvación planetaria, recuérdale tres cosas: la autonomía es un número de marketing, el rendimiento es un elefante con esteroides y la seguridad… bueno, la seguridad la están demostrando en directo en las autopistas españolas, con humo y todo.
El futuro ya está aquí. Solo que, de momento, viene con aviso de incendio.

























































