Mientras el topless se retira discretamente a los vestuarios de los años 90 como un abuelo avergonzado, las playas europeas arden con un nuevo símbolo de liberación: el tanga. Sí, ese hilito de tela que deja más al aire que un político en campaña. Según los datos de ventas (porque nada dice “progreso social” como un Excel de facturación), el bañador que llega desde Latinoamérica vía Kardashian y reguetón ha conquistado Europa. Y, por supuesto, El País lo ha metido en la sección de Feminismo.
Manda narices.
Resulta que el verdadero cambio cultural no era la igualdad salarial, ni la conciliación, ni acabar con las violaciones de los importados. No. El verdadero hito era conseguir que millones de europeas pudieran lucir el culo al aire con la misma naturalidad con que antes se ponían un bikini de abuela. De las Kardashian al perreo, pasando por un estudio de mercado, hemos llegado a la conclusión de que el tanga es el nuevo sufragio.

Mientras el topless (ese radical acto de enseñar las tetas sin filtro) retrocede, el tanga avanza triunfal. Porque, claro, enseñar las nalgas es más empoderador. Tiene más clase. Es más… latinoamericano. Y si los números de ventas lo confirman, entonces es ciencia. Y si es ciencia y viene de Latinoamérica y suena a reguetón, entonces es feminismo. Lógica irrefutable.
Imaginaos la reunión de redacción: —Jefe, ¿dónde metemos el artículo del tanga? —¿Feminismo, no? —Pero es un bañador… —¡Feminismo! Que se note el progreso.
Así que aquí estamos: celebrando que una prenda diseñada originalmente para no marcar debajo de la ropa se haya convertido en el estandarte de la libertad femenina en las playas de Benidorm y la Costa Brava. El mismo hilo que hace veinte años era “demasiado atrevido” ahora es “un cambio social y cultural”.
Enhorabuena, hermanas. Hemos llegado lejos. Tan lejos que el próximo verano, cuando alguien se atreva a ponerse un bañador entero, lo tacharemos de reaccionario. Porque el verdadero feminismo, al parecer, se mide en centímetros de tela que faltan.
Y mientras tanto, el topless se sienta en un rincón a pensárselo dos veces. Pobre. Nunca tuvo un buen algoritmo de TikTok ni un estudio de mercado detrás.


























































