Me duele la mandíbula de tanto reír. Y no es por el bozal mal puesto (que también dolía, pero de otra forma), sino porque alguien tuvo la brillante idea de compilar los clips más delirantes de la pandemia y soltarlos como una bomba de nostalgia tóxica. Si en 2020 pensábamos que estábamos en una película de ciencia ficción, hoy vemos el metraje y confirmamos: era más bien un capítulo perdido de Los locos Adams dirigido por un comité de WhatsApp.
El cura y sus filtros sagrados
El momento cumbre, el que te hace cuestionar tu fe y tu cordura al mismo tiempo, es el sacerdote con filtros de TikTok. Sí, señores. Un hombre de Dios que, en plena misa virtual (porque todo era virtual, hasta el aire que respirábamos), activa el modo “orejas de gato”, “corona de flores” y “cara de perrito con lengua afuera”.
Imagínense la escena: —Hermanos, en el nombre del Padre, del Hijo y del… ¡miau!
El Espíritu Santo nunca bajó tan rápido ni con tantos efectos especiales. Los fieles en los comentarios: “¡Amén y like!”. El pobre cura probablemente pensó que estaba modernizando la liturgia. Resultado: convirtió la eucaristía en un directo de influencer espiritual. Si San Pedro hubiera tenido Zoom, se habría muerto de risa… o se habría desconectado por vergüenza ajena.
Los “flotadores” y otras joyitas coreografiadas
Luego vienen los bailes. Ay, los bailes. Gente en balcones, en plazas vacías, en salones convertidos en discotecas post-apocalípticas, haciendo coreografías sincronizadas al ritmo de “Resistiré” o alguna cumbia sanitizante.
Había quien se disfrazaba de botella de alcohol en gel y hacía twerking. Otros formaban “cadenas humanas” respetando el metro y medio de distancia (o sea, una línea de puntos humanos separados por sillas). Y no faltaba el que salía con el termo y el mate a “hacer ejercicio” en la vereda, como si el virus no atacara a los que toman mate pero sí a los que corren sin mascarilla.
El bonus track: “No sé cómo estamos todos vivos”
El compilado cierra con esa frase épica que resume todo: “No sé cómo estamos todos vivos”.
Me duele la mandíbula por reirme.
— Lăo bī (@MarielMendo) April 20, 2026
Nunca había visto esta joyita pic.twitter.com/MzwK2Z5yxa
Y es verdad. Sobrevivimos a:
- Expertos que cambiaban de opinión cada tres días como quien cambia de calcetines.
- Vecinos que denunciaban por asado ilegal.
- Aplicaciones de “autodiagnóstico” que te decían que tenías COVID si estornudabas o mirabas el sol de frente.
- Reuniones de Zoom donde la mitad estaba en pijama y la otra mitad fingía estar en una oficina.
Pero lo mejor (o lo peor) es que, mientras todo ardía, algunos decidieron que el momento ideal para volverse viral era ponerse un filtro de sacerdote o bailar la conga con distancia social.
Conclusión (con barbijo emocional)
Hoy, años después, vemos estos clips y nos reímos hasta que duele la mandíbula. Pero en el fondo sabemos la verdad: el COVID no nos mató… nos dejó locos de por vida.
Algunos todavía se lavan las manos cada vez que tocan el picaporte. Otros siguen mirando con desconfianza a quien tose en el autobús. Y un selecto grupo (los más valientes o los más inconscientes) guarda en la carpeta “Memes 2020” estos tesoros que demuestran que, cuando la humanidad se aburre en casa, es capaz de cualquier cosa.
Incluido, claro, un cura con orejas de conejo bendiciendo a sus fieles digitales.
¿Cuál fue tu momentazo absurdo favorito del COVID? ¿El del cura, el de los aplausos a las 21 hs o el de la señora que salió a pasear al perro… disfrazada de perro?










































