Hay proyectos que nacen para innovar. Otros nacen para “ocupar un hueco de mercado”. Y luego está La Séptima, que nace el 5 de noviembre de 2026 con una vocación más poética: demostrar que el pensamiento único también puede emitirse en alta definición y con logo coral.
La receta es conocida. El Gobierno convoca un concurso de TDT. Se presentan dos. Gana SIETE, el consorcio de José Miguel Contreras y socios varios, algunos salidos del cisma de Prisa. Mediaset se queda mirando. El espectro radioeléctrico, ese bien tan público y tan romántico, cambia de manos. No es una subvención en sentido estricto, claro. Es solo una frecuencia nacional durante 15 años. Como regalarte el piso y luego aclarar que “la hipoteca la pagas tú con publicidad”. El Estado no te da el dinero: te da el enchufe. El resto es emprendimiento.
Contreras, que ya participó en aquella operación histórica llamada La Sexta, insiste en que identificar el canal con un partido sería “la mayor estupidez del mundo”. Tiene razón. Lo inteligente es fichar a media redacción de Mañaneros, salir de RTVE por la puerta de al lado y jurar que esto no es Telepedro 2, sino “actualidad sin gritos”. El grito, al parecer, es de izquierdas solo cuando lo da otro.
El mercadillo de caras conocidas
El primer gran fichaje no es un presentador: es un concepto. Javier Ruiz deja La 1, donde lideraba las mañanas públicas, y aterriza como director editorial. Es decir: el hombre que explicaba el país con cargo al contribuyente pasará a explicarlo con cargo al anunciante. Misma cara, distinto NIF. Revolución.
Le sigue Sarah Santaolalla, tertuliana de la casa pública y, por coincidencia geográfica del destino, pareja de Ruiz. No llega a colaborar. Llega a presentar “su propio programa”. El salto de analista a estrella se produce a la velocidad de un cambio de Gobierno imaginario. En televisión, el amor también es sinergia.
Rocío Delgado llega desde la TVG, con escala previa en Telemadrid. El currículum recorre el mapa autonómico como quien busca una frecuencia nacional y, de paso, un plató más grande. Alba Carrillo y Marta Márquez copresentarán Fuera de Control, que es el título más honesto de la parrilla: por fin alguien admite el formato. Quequé traerá la sátira política, ese género que en España consiste en reírse del poder… siempre que el poder tenga el carnet adecuado. Luján Argüelles cubrirá el fin de semana, por si a alguien le quedaba la duda de que el infoentretenimiento también puede ser de Estado, aunque el Estado finja que no está.
La cadena dijo en julio que nadie con contrato vigente en RTVE iría. Luego RTVE empezó a vaciarse por goteo y el eslogan se quedó en “nadie que no haya firmado ya la baja”. El periodismo es así de flexible cuando hay plató nuevo.
Manual de estilo: no somos rojos, solo coincidimos
Oficialmente, La Séptima será generalista, moderna, urbana, joven, diversa y “sin insultos ni broncas”. Es decir: el mismo menú de siempre, pero presentado como dieta detox. No habrá realities. No habrá ficción. Habrá directo las 24 horas, que es una forma elegante de decir que la tertulia no descansa ni en Navidad.
Los críticos la llaman Telepedro. Los impulsores responden que eso es ridículo, que es un negocio, que si fuera un canal de partido no invertirían 20 o 25 millones. Argumento sólido, siempre que uno acepte que en España el negocio y el altar mediático nunca se han dado la mano. La Sexta fue un negocio. Cuatro fue un negocio. TVE es un servicio público. La Séptima aspira a ser las tres cosas a la vez, que es el milagro laico del sanchismo audiovisual: privada cuando hay que pedir anuncios, pública cuando hay que pedir comprensión, y “plural” cuando el plural cabe en una sola dirección.
Uno de los socios es José Luis Manzano, con itinerario argentino lo bastante pintoresco como para que el casting de accionistas parezca escrito por un guionista con miedo a que le acusen de unicidad. “Mire, también tenemos a uno que no es de aquí.” Pluralismo de prospecto.
La estafa elegante
¿Es una TVE privada? En el sentido literal, no: no cobra de los Presupuestos como RTVE. En el sentido práctico, es la versión de pago diferido: primero te dan la frecuencia, luego te prestan las caras, después te reservan el relato por si en 2027 hay que mudar el decorado. Una televisión de contingencia. Un plan B con sintonía.
¿Pensamiento único? Nadie lo pondrá en el estatuto. Se pondrá en la parrilla. El manifiesto ya adelantó que no convertirán “bulos en debates”, frase magnífica que traduce: el bulo es lo que dice el otro. El debate es lo que decimos nosotros, pero con mejor iluminación.
Así que sí, con el sarcasmo que el género merece: La Séptima es Telepedro 2 en versión premium. No porque el BOE lo escriba con esas palabras, sino porque el casting, el calendario, el concurso y el discurso de “nosotros no somos ideológicos, el ideológico eres tú” forman un género tan español como la tertulia de las ocho. Una nueva cadena con bandera de pluralidad y plantilla de continuidad. El pensamiento único no necesita carné. Le basta un múltiplex.
El 5 de noviembre habrá que resintonizar el televisor. No se preocupen. El relato, ese, ya venía sintonizado.


























































