Hay imágenes que no necesitan pie de foto. Solo hace falta mirarlas y sentir cómo el alma se te sale por el ojo del culo. Dos murales. Uno dedicado al «Orgullo Saludable» con letras de gomaeva de colores, un arcoíris vertical de LGTBIQ+ y nubes dibujadas a mano que dicen cosas tan profundas como «Sexo, Género, Identidad, Orientación». El otro, un «Protégente del calor» con un sol de papel y un termómetro de las relaciones que va de «Abusiva» a «Saludable», preguntándote con voz de monitora de campamento: «¿Cómo es la tuya?».
Bienvenidos al Centro de Salud Adelfas. O a la clase de 3ºA. Ya no se distingue.
Esto no es un fallo de decoración. Es una declaración de principios. Alguien, en alguna reunión de «calidad asistencial» o de «perspectiva de género y diversidad», decidió que el paciente adulto que llega con una infección de orina, un dolor de pecho o una crisis de ansiedad necesita, ante todo, sentirse en un taller de manualidades de primaria. Porque nada transmite profesionalidad médica como un mural hecho con tijeras de punta redonda y pegamento en barra.
La lógica es impecable: si el sistema sanitario está colapsado, si faltan médicos, si las listas de espera son un chiste negro y las consultas duran siete minutos, lo importante no es solucionar eso. Lo importante es que el paciente sepa que «TODAS las personas importan»… excepto, claro, la que lleva dos horas esperando y se está cagando de dolor. Esa puede esperar. Primero hay que decorar.
El termómetro de las relaciones es especialmente delicioso. Mientras el médico de familia intenta diagnosticar a alguien con síntomas reales, en la pared hay un semáforo emocional que te invita a reflexionar sobre si tu pareja es «saludable». ¿Tienes fiebre de 39? Perfecto, pero primero dime: ¿cómo puntúas tu relación en la escala de la gomaeva? Porque priorizar el diagnóstico clínico sería demasiado «binario» y poco inclusivo.
Y el orgullo saludable… claro. Porque en un centro de salud lo que más urge es recordar a la gente que el sexo seguro existe y que hay orientación sexual. Como si los adultos que van al ambulatorio no hubieran oído hablar nunca de un condón. Hay que explicárselo con letras de colores, no sea que se asusten con un tríptico normal. El mismo nivel de madurez intelectual que se usa para enseñar a los niños a no meterse los dedos en el enchufe.
Esto no es «sensibilización». Es infantilización agresiva. Es tratar a la población adulta como si fuera un grupo de infantil que todavía no sabe atarse los cordones. Y lo más gracioso es que se hace con el aire de superioridad moral de quien cree que está «avanzando». Avanzando hacia dónde, exactamente. Hacia que el próximo paso sea poner un rincón de la calma con cojines y un semáforo de emociones en la sala de espera de urgencias.
El resultado es perfectamente coherente con la época: mientras se recortan recursos reales, se invierte tiempo, papel y rotuladores en convertir los centros de salud en escenarios de teatro pedagógico. Porque curar es difícil. Hacer muralitos es fácil, barato y da puntos en la evaluación de «buenas prácticas».
Así que la próxima vez que vayáis al ambulatorio y veáis un sol de cartulina o un arcoíris de gomaeva, no os sorprendáis. No estáis en un centro sanitario. Estáis en la guardería del Estado. Y el diagnóstico más preciso que os van a dar es: «todas las personas importan… menos las que vienen a que les curen de verdad».
La charificación de los Centros de Salud es algo alarmante. No sabes si estás en un ambulatorio o en la clase de 3A de Los Pollitos. pic.twitter.com/DwwskOrL37
— Elinn Former (@Cerni_report) August 25, 2026
























































