Dos personas cobran lo mismo durante 40 años. Una se lo gasta. La otra ahorra, se priva, espera y acaba comprando dos viviendas. Al cumplir 55, la segunda deja de ser “previsora” y se convierte en “acaparadora”. Hay que despojarla.
Por el bien común, claro.Ese es el argumento que ha circulado en X y al que Isabel la Católica —cuenta satírica con corona y poca paciencia— ha contestado con la fábula más antigua del mundo laboral: la cigarra acaba de descubrir que justicia social consiste en expropiar a la hormiga.
El tuit original lo decía sin anestesia: ahorrar toda una vida para “acaparar patrimonio” es lo que ha generado la concentración de riqueza en mayores de 55 años. Conclusión práctica: o se les despoja de esos bienes, o se les quita de en medio. Todo ello “por el bien común y la justicia social”.
El razonamiento es de una limpieza admirable. No hace falta hablar de suelo, de permisos, de años sin construir, de que dos sueldos iguales produzcan dos resultados distintos según se gaste o se reserve. Tampoco hace falta preguntar si las dos viviendas de un jubilado que ha trabajado cuatro décadas son el mismo fenómeno que un fondo con mil pisos. Basta con cumplir 55 y tener algo. Ya eres el problema.
Dos personas cobran lo mismo durante 40 años. Una se lo gasta y otra ahorra para comprar 2 viviendas. Al cumplir 55, la segunda se convierte en “acaparadora” y hay que despojarla de sus bienes. La cigarra ha descubierto que justicia social significa expropiar a la hormiga. 👑 pic.twitter.com/yN8rvypuZu
— Isabel la Católica (@Isabel_Resucita) August 27, 2026
El milagro económico de no haber ahorrado
La nueva doctrina tiene ventajas pedagógicas. Enseña a los jóvenes que el verdadero error no es gastar el sueldo en cuanto entra, sino cometer la imprudencia de no hacerlo. Quien reserva para una segunda vivienda —a menudo la de los hijos, la del alquiler que complementa una pensión o la que se compró cuando aún se podía— no ha sido responsable: ha concentrado. Quien no tiene nada, en cambio, aporta cohesión.
Es un sistema elegante. Primero se dificulta ahorrar. Luego se culpa a quien, a pesar de eso, ahorró. Después se llama justicia al acto de corregir el resultado. Si Esopo levantara la cabeza, pediría derechos de autor y un abogado.La hormiga, según este relato, no ha trabajado más. No ha renunciado a vacaciones, coches o caprichos. No ha pagado hipoteca mientras otros alquilaban y se quejaban del casero. Simplemente ha cometido el delito de llegar a los 55 con dos llaves en el llavero. En el nuevo catecismo, eso ya no es patrimonio: es acaparamiento. Y el acaparamiento, como el colesterol, se combate quitándoselo al vecino.
Justicia social, edición express
Hay una definición operativa que circula estos días: justicia social es lo que ocurre cuando alguien que no ahorró explica, con tono moral, por qué hay que quedarse con lo de quien sí lo hizo. No hace falta construir más. No hace falta agilizar licencias. No hace falta distinguir entre un particular con dos pisos y un operador que compra manzanas enteras. Basta con señalar a la generación que todavía tiene algo y declarar el botín de interés general.
El detalle cómico es que las dos personas del ejemplo cobraban lo mismo. Misma nómina, misma inflación, mismos años. La diferencia no está en el punto de partida, sino en lo que hicieron con el dinero. Eso, en cualquier fábula infantil, se llama consecuencia. En ciertos hilos de X se llama “concentración de riqueza” y se resuelve con despojo o con “quitarlos de en medio”, frase que suena menos a política de vivienda que a reunión de vecinos mal llevada.Mientras tanto, el déficit de casas sigue ahí, grande, tozudo y poco fotogénico. Construir es lento, aburrido y no da likes. Acusar al que ahorró es inmediato. Por eso gana.
Epílogo para cigarras con prisa
Si la tesis se aplica con rigor, el mensaje al trabajador de 30 años es nítido: no ahorres. No compres. No te prives. Llega a los 55 con las manos vacías y la razón moral llena. Entonces podrás señalar al compañero de oficina que sí se apretó el cinturón y exigir su segunda vivienda en nombre del bien común.
La hormiga, por su parte, ya conoce el final de la fábula clásica. Lo que no esperaba es la versión 2026: llega el invierno, la cigarra no ha muerto, ha montado un sindicato y ha redactado un tuit. Y la despensa, de pronto, es de todos.Al menos, eso sí, con justicia social.


























































