Francia está pasando calor. Un calor de esos que te deja el cerebro frito y las sábanas pegadas al cuerpo como si fueran chicle. La gente, con toda la lógica del mundo, pide aire acondicionado. Y entonces aparece Monique Barbut, ministra de Medio Ambiente del gobierno Lecornu, y se declara horrorizada. No por el sufrimiento ajeno, no. Se horroriza porque la gente “no piensa en el cambio climático”.
Según ella, poner un aparato de aire no soluciona los incendios forestales, ni las cosechas que desaparecen, ni el apocalipsis que nos espera. Mejor que la gente sufra un poco… por el bien del planeta. Y todo esto lo dice mientras, en su propio ministerio, el aire acondicionado está encendido a tope, refrescando las ideas geniales de quienes deciden nuestro futuro.
Francia. Fa caldo. La gente vorrebbe il condizionatore. Monique Barbut, la ministra dell’ambiente del governo Lecornu, si dice inorridita da queste richieste perché non si pensa al cambiamento climatico. Nel suo ministero c’è il condizionatore.
— Leonardo Panetta (@LeonardoPanetta) June 27, 2026
Dibattito surreale visto dal resto… pic.twitter.com/V9v1XjP4dQ
El debate es tan surrealista que parece guion de Monty Python. La ministra gesticula, se indigna, pregunta retóricamente si un aparato de aire va a impedir que se queme un bosque. Mientras tanto, en su despacho la temperatura es perfecta, el café está a la temperatura ideal y nadie suda las ideas. Fuera, en la calle, la plebe se asa como sardinas en lata.
Esto es lo que tienen los firmes defensores del falso cambio climático: una capacidad asombrosa para predicar sacrificios que nunca se aplican a ellos mismos. Son los mismos que te dicen que uses transporte público mientras llegan a la cumbre en jet privado. Los mismos que cierran minas de carbón en Europa y luego compran el carbón a China. Los mismos que te prohíben el coche de gasolina mientras su flota de vehículos oficiales sigue rodando alegremente.
El resto del mundo observa el espectáculo con la misma cara que pone uno cuando ve a alguien discutir seriamente si el agua hierve a 100 grados o si es “una percepción colonial del termómetro”. En China, en India, en cualquier país que no esté infectado de esta religión climática, instalan aparatos de aire acondicionado como si fueran caramelos. Aquí, en cambio, la ministra se horroriza porque la gente quiere no morirse de calor.
Lo más gracioso (o más triste) es que estos chalados se creen los guardianes de la moral planetaria. Te explican con voz grave que tu sufrimiento es necesario, que tu incomodidad es un acto de amor hacia las futuras generaciones… mientras ellos duermen con el split puesto y viajan en primera clase “por trabajo”.
Al final, el mensaje queda clarísimo: el cambio climático es un problema gravísimo… siempre que lo pague otro. Y si protestas porque te estás asando, eres un negacionista, un egoísta, un enemigo del planeta.
Mientras tanto, en el ministerio de la ministra, el aire acondicionado sigue zumbando. Frío, cómodo y completamente ajeno a la catástrofe que ella misma predice.
Chalados. Con todas las letras.


























































