En las profundidades del barrio de Chueca, donde el vapor de las saunas se mezclaba con el olor a colonia barata y sueños aún más baratos, trabajaba Paco Sandoval. Alto, con sonrisa de anuncio de dentífrico y un torso que parecía esculpido por un escultor con exceso de testosterona y poca vergüenza.
Paco no había llegado allí por vocación. Había llegado porque en 2008 el mundo se derrumbó, su máster en no-se-qué-europeo no servía ni para limpiar cristales, y alguien le dijo que en “El Vapor Dorado” pagaban en efectivo y no hacían preguntas.
La primera noche fue memorable.
—Nuevo, ¿eh? —le dijo Manolo, el veterano de la sauna, mientras se ajustaba la toalla como quien se pone una corbata—. Aquí la regla es simple: sonríe, calla y cobra. Si te piden que les cuentes tus “ambiciones políticas”, cobra el doble. A los clientes les pone cachondos creer que se están follando al futuro del país.
Paco soltó una carcajada nerviosa. Él solo quería pagar el alquiler.
Aquella noche le tocó atender a Don Ramiro, dueño de medio Chueca y de varias saunas más. Sesenta y tantos, bigote espeso, voz de fumador de puros y una cartera que parecía tener vida propia.
—Chaval, tú tienes cara de querer llegar lejos —le dijo mientras Paco le enjabonaba la espalda con dedicación profesional.
—Solo quiero llegar a fin de mes, señor.
Don Ramiro soltó una risotada que retumbó en las baldosas.
—Mentira. A ti te brillan los ojos de ambición. Conozco esa mirada. La he visto en ministros, en obispos y en putas caras. Tú quieres más. Mucho más.
Paco no contestó. Siguió enjabonando. Pero algo dentro de él hizo clic. Como cuando encuentras la tecla exacta que abre una caja fuerte.
Al terminar la sesión, Don Ramiro le dejó una propina que equivalía a tres semanas de sueldo y una tarjeta negra con solo un número de teléfono.
—Cuando te canses de abrir culos y quieras abrir puertas… me llamas.
Esa noche Paco volvió a su cuchitril de alquiler en Lavapiés, se miró al espejo y, por primera vez, no vio a un chapero. Vio a un hombre con un plan. Un plan ridículo, inmoral y probablemente imposible.
Pero un plan.
Y mientras se duchaba para quitarse el olor a sauna y pecado, sonrió con esa sonrisa que años después conocerían millones de españoles.
—Mañana —se dijo—, empiezo a subir de categoría.



























































