Hay jefes de Estado que saludan, estrechan manos y recitan comunicados. Y luego está Volodímir Zelenski, que cuando un periodista ruso le pregunta —con insistencia de portero de discoteca— cuándo irá a Moscú, no dice “cuando las condiciones lo permitan”. Dice, en ruso y por encima del hombro: «На ракете, блядь». Es decir: “En cohete, joder”.
La pregunta era cuándo. La respuesta fue en qué y con un taco. El protocolo diplomático acaba de pedir un café con hielo.
No es un accidente. Es estilo.
🇺🇦 "When are you going to Moscow?"
— Roberto (@UniqueMongolia) September 24, 2026
"By rocket, blyat."
Blyat means f@ck.
Zelensky completely lost his temper over a journalist’s question about when he would go to Moscow for negotiations. He was asked when he would go, not how. The drug-addicted brain doesn't work anymore 🤷♂️ pic.twitter.com/DKQhp8Ht6V
El diccionario Zelenski no viene con filtro
El hombre que un día hacía sketches de televisión ahora practica una diplomacia de barra de karaoke. A Tucker Carlson, en plena entrevista, le soltó aquello de que dejara de “lamerle el culo” a Putin. En Ginebra, cuando las conversaciones se le atragantaron, resumió la historia de Europa del Este con un “no tenemos tiempo para toda esta mierda”. En el Despacho Oval, según versiones que recorrieron redes, hasta se le escapó un suka en ucraniano mientras Vance le daba la lección de gratitud.
El sarcasmo con Ben Wallace —el de “¿cómo más le damos las gracias, llamándole cada mañana?”— le costó un embajador. Resulta que al Reino Unido no le hizo gracia que el agradecimiento sonara a sketch de Kvartal 95.
Zelenski no pierde los estribos: los usa de arma. El problema es que a veces el arma sale por la nariz.
La nariz, esa zona de libre comercio
Desde 2019 corre el rumor de que al presidente le gusta “respirar café”. Él lo dijo así, entre risas, cuando le preguntaron por cocaína: que no, que lo blanco era la silla y que lo que esnifaba era cafeína. Los fact-checkers lo han desmontado una y otra vez: vídeos recortados, polvos añadidos en el escritorio, clips reordenados.
Eso no ha impedido que cada vez que se toca la nariz en una entrevista, X se convierta en un congreso de otorrinos aficionados. Su exsecretaria de prensa, Iuliia Mendel, lo llamó en 2026 “un secreto a voces” —con el matiz de que ella nunca lo vio, pero “todo el mundo” en los clubes de hace veinte años sí. Traducción diplomática: el rumor es más persistente que un resfriado en febrero.
En el escritorio han aparecido sprays nasales. En los vídeos, olisqueos. En las redes, la misma broma: que si el presupuesto de defensa entra por las fosas. Es feo, es repetido y, sobre todo, es el tipo de chiste que un presidente serio no debería facilitar con tanto tic.
La guerra da para mucho… y a algunos, para más
Mientras el país se queda a oscuras por los misiles, la Oficina Nacional Anticorrupción destapó la Operación Midas: unos 100 millones de dólares en comisiones en el sector energético, con Energoatom de cajero automático. En el centro, Tímur Míndich, socio de toda la vida de Zelenski en el estudio Kvartal 95. Después, cargos contra el que fue su hombre de confianza, Andriy Yermak, por un lavado ligado a mansiones a las afueras de Kiev. Un tal “Vova” aparece en transcripciones. Vova es el diminutivo de Volodímir. Casualidad, claro.
Zelenski no está imputado. Su círculo, sí. El timing es de comedia negra: apagones en las ciudades, kickbacks en los contratos, y el presidente pidiendo más armas con cara de “esto no va conmigo”. En Ucrania ya no es tabú decir que algunos se han hecho la guerra a medida. En Occidente, según el día, es “resiliencia” o “escándalo que no toca ahora”.
El comediante que se quedó sin guion
El chiste original de Zelenski era el de un tipo corriente contra los oligarcas. El chiste actual es el de un tipo con chándal verde que contesta a un periodista de Vesti como si estuviera en un bar de Odesa a las tres de la madrugada.
“En cohete, blyat” funciona como meme. También funciona como radiografía: un líder que lleva cuatro años y medio de guerra, presionado por Trump, por sus propios fiscales y por un país que ya no traga el relato de la unidad sagrada, y que cuando le ponen un micrófono delante suelta el equivalente eslavo de “en taxi, joder”.
Hay quien lo ve heroico: el único que no finge. Hay quien lo ve patético: el único que no puede dejar de representar. Lo cierto es que el protocolo internacional no contempla el “blyat” como fórmula de cierre. Ni el cohete como medio de transporte a una cumbre. Ni la nariz como zona económica especial.
Al final, el problema de Zelenski no es que sea deslenguado. Es que, después de tanto tiempo, ya no se sabe si el taco es el personaje o el personaje es el taco. Y mientras tanto, Moscú espera… aunque sea en cohete.





















































