Imagina que llegas a casa después de currar, abres la puerta y te encuentras a tu compañero de piso con la mano metida hasta el fondo en tu cartera. Ni siquiera tiene la decencia de disimular. Te mira, sonríe con esa cara de “esto es por el bien común” y te suelta:
—Sí, es para los gastos de todos.
—¿Y no me preguntas?
—No creo que sea necesario preguntarte nada.
Ahí es cuando cualquier persona normal cogería sus cosas, llamaría a la policía y empezaría a buscar un piso nuevo. Pero no. En este piso especial el compañero se llama “el Estado”, lleva sudadera amarilla y tiene la costumbre de colgarte un folio titulado “NORMAS” en la puerta de tu habitación.
—Te he dejado las normas de lo que puedes hacer en tu habitación.
—¿En MI habitación?
—Claro. Es por tu bien.
Porque, claro, a ti te hace falta que alguien te diga a qué hora puedes ducharte, cuánta luz puedes encender o si esa planta que tienes en la ventana está “dentro de los parámetros de convivencia responsable”. Todo por tu bien, naturalmente. El bien siempre sale más caro cuando lo decide otro.
Luego llega el momento de la decoración. Un día vuelves y te encuentras un sillón barroco, dorado, con reposapiés a juego, ocupando medio salón. Preguntas (con la ingenuidad que aún te queda):
—¿Te has comprado un sillón con mi dinero?
—Para el salón de todos.
—Pero si solo lo usas tú.
Él ya está sentado, mando en mano, cerveza al lado y cara de “esto es la democracia participativa”. Tú sigues de pie, con las llaves en la mano y calculando mentalmente cuántos meses de alquiler te has dejado en ese monumento al “para todos”.
Cuando por fin te armas de valor y le pides las cuentas (porque ya te has cansado de que “la fuerza del amor” justifique todo), te responde con la mano en el pecho y los ojos medio cerrados:
—¿Hace falta? ¿No basta con la fuerza del amor?
Y tú, que ya has visto el sillón, la nevera vacía y el folio de normas en tu puerta, solo puedes contestar:
—Ojalá, pero no. Dame las cuentas.
La última viñeta lo resume con esa claridad que solo tienen las analogías que duelen un poco: si no se lo aceptarías a tu compañero de piso, ¿por qué se lo aceptas a un político? Exigir límites y explicaciones es lo mínimo.
El chiste (y la tragedia) es que al compañero de piso real al menos puedes echarlo. A este, en cambio, le votamos, le pagamos, le dejamos que nos ponga normas en la puerta de la habitación y todavía le agradecemos cuando nos deja usar el sillón un rato… siempre que no sea cuando él quiere ver la tele.
Al final, el piso es de todos.
El sillón, las normas y tu dinero… también.
El Estado es ESE compañero de piso https://t.co/wJ9WyjglC0
— Partido Libertario (P-LIB) (@partidolibertad) October 20, 2026


























































