Hay entradas al plató que se recuerdan. Hay otras que se estudian. Y luego está Salvador Dalí el 11 de febrero de 1971 en The Dick Cavett Show, que no entra: irrumpe, como si el estudio de ABC fuera un lienzo y el resto de invitados meros objetos blandos a punto de derretirse.
El tuit que ha vuelto a circular el clip lo resume con una precisión casi ofensiva: nada supera a Dalí caminando hacia cámara y lanzando un oso hormiguero como si fuera un pájaro a punto de echar a volar. No es metáfora. Es coreografía. El animal (un tamandúa prestado por el Bronx Zoo, no uno de los seis que Dalí juraba tener en España) sale de sus brazos con la misma naturalidad con la que otro llevaría un maletín.
Nothing tops Salvador Dali walking onto The Dick Cavett Show in 1971, throwing an anteater like it's a bird about to take flight. https://t.co/XBkJ9vx6X8 pic.twitter.com/uwqaskuoZb
— NB (@Noahbolanowski) September 24, 2026
Dick Cavett, que aquella noche también tenía en el sofá a Lillian Gish (leyenda del cine mudo) y a Satchel Paige (leyenda del béisbol), apenas puede articular la frase de bienvenida. “Creo que ha pillado algo”, dice, señalando al bicho. Dalí, con chaqueta de terciopelo, bigote en posición de alerta máxima y esa expresión de quien acaba de inventar el tiempo, responde que es un animal “angélico”. Angélico. El mismo adjetivo que uno usaría para un querubín, no para un mamífero insectívoro con lengua de medio metro que en ese momento está intentando esconderse detrás de una leyenda del béisbol.

Lo que sigue es pura performance. Dalí no se sienta. Pasea al animal con correa como quien pasea un perro especialmente conceptual. Luego, con un gesto que combina desprecio aristocrático y timing cómico, lo deposita (o lo lanza, según el ángulo) en el regazo de Lillian Gish. La actriz, que había sobrevivido al cine silente, al star system y a Griffith, se enfrenta ahora a un oso hormiguero asustado que trepa por su abrigo. “Está asustado”, observa ella con esa voz que aún parece de 1915. Dalí insiste: es dulce. Paige se ríe. Cavett intenta mantener el control del programa como quien intenta mantener el control de un sueño.
El genio catalán no se detiene en el animal. Pasa del oso hormiguero al rinoceronte sin transición aparente. El rinoceronte, explica, es matemático. La curva de su cuerno coincide con la proporción áurea, ese número que Miguel Ángel ya había descubierto y que Dalí, por supuesto, también. El oso hormiguero, en cambio, es el único animal verdaderamente angelical. Dos especies, dos filosofías: una violenta y geométrica, la otra mística y con lengua pegajosa. El público no sabe si aplaudir o llamar a un zoólogo.

Cavett, que había entrevistado a Bergman, a Lennon y a gente que de verdad sabía de qué hablaba, intenta reconducir. Habla del bigote. Dalí se toca las puntas como quien acaricia una obra de arte menor. Habla de los sueños, de las imágenes que aparecen quince minutos antes de dormir, de Un chien andalou. En algún momento Cavett, desbordado, le hace “¡Boogie boogie!” a la cara imitando a Groucho Marx. Dalí se queda un segundo en blanco. Es el único instante en que el surrealista parece humano.
El oso hormiguero, mientras tanto, sigue su propia agenda. Se esconde, se estira, se deja coger de nuevo. No está ahí para el arte. Está ahí porque alguien del zoo de Bronx firmó un papel y Dalí entendió, con su habitual sentido del espectáculo, que un talk show estadounidense de 1971 necesitaba exactamente eso: un pintor catalán de 66 años lanzando un tamandúa a una estrella del cine mudo mientras un pitcher legendario observa como quien ve llover.
Cincuenta y cinco años después el clip sigue funcionando porque no hay manera de mejorarlo. Ningún influencer con un perro disfrazado, ningún cameo de celebrity con un animal de compañía “ético”, ningún gag de late night alcanza esa combinación de egocentrismo, precisión visual y absoluto desprecio por las normas de la televisión. Dalí no fue invitado a un programa. Convirtió el programa en una de sus instalaciones. El plató era el marco, Cavett el título, Gish y Paige los elementos secundarios, y el oso hormiguero… el único que, honestamente, no había pedido estar allí.
Al final uno se queda con la misma pregunta que debió hacerse Cavett aquella noche, mientras el animal se enroscaba en el sofá naranja: ¿esto es genialidad o simplemente un hombre muy rico al que le dejaron sacar un bicho del zoo durante dos días? La respuesta, como casi todo en Dalí, es las dos cosas a la vez. Y eso, señoras y señores, es precisamente lo que lo hace tan extraordinario.




















































