Hubo un tiempo —no tan lejano, aunque ahora suene a leyenda urbana— en el que si alguien encontraba un sobrecito de gel de sílice dentro de una caja de zapatos, no se lo comía. No hacía falta cartel. El cerebro, esa cosa anticuada que todavía algunos usábamos para pensar, bastaba: “Esto no es comida. Esto es un sobre feo que absorbe humedad. Fin del debate”.
Hoy el sobre viene con tipografía de alerta nuclear: NO COMER. A veces en mayúsculas. A veces con pictograma de persona llevándose algo a la boca y una cruz enorme encima, por si el alfabeto también ha empezado a fallar. Y no es un caso aislado. Es una epidemia de etiquetas.
El champú avisa que no es para beber. El gel de ducha aclara que no sustituye al gazpacho. El pegamento insiste en que no es un snack proteico. El ambientador con forma de fruta pide, por favor, que no lo muerdas. Las cápsulas de detergente —esas joyas de colores que parecen gominolas diseñadas por un sadista— tuvieron que pasar de “manténgase fuera del alcance de los niños” a campañas publicitarias enteras con deportistas famosos explicando que no, no se comen. Porque un sector de la población decidió que sí se comían. En vídeo. Por un challenge.
Ahí está el dato sociológico más triste y más gracioso a la vez: no es que los productos se hayan vuelto más venenosos. Es que cada vez hay más gente a la que hay que explicarle que un objeto que huele a lejía, está en el armario de la limpieza y se llama “desengrasante industrial” no forma parte de la dieta mediterránea.
Antes el sentido común funcionaba como un antivirus silencioso. Veías un bote con calavera y pensabas: “mejor no”. Veías un sobre de papel con bolitas blancas dentro de unos auriculares nuevos y pensabas: “esto no es orégano”. Hoy el fabricante no se fía. Y tiene razón. Porque en algún momento de la última década alguien miró una cápsula de lavadora, vio los colores bonitos y pensó: “esto pide un like”.
El resultado es un catálogo de advertencias que suenan a chiste malo escrito por un abogado aterrorizado:
- “Este producto no es un alimento.”
- “No ingerir. En caso de ingestión, no inducir el vómito y acudir al médico.”
- “Mantener fuera del alcance de personas que aún no han desarrollado lóbulo frontal.”
- “Aunque parezca un caramelo, no lo es. En serio. Deja de mirarlo así.”
Lo más irónico es que muchas de estas sustancias no son siquiera especialmente tóxicas en pequeñas cantidades. El gel de sílice blanco de toda la vida suele ser bastante inerte; el problema real es que alguien lo confunda con un condimento, se atragante o decida que “a ver qué pasa”. Las advertencias no existen porque el producto sea cianuro. Existen porque la duda razonable ya no es razonable.
Y aquí viene la parte incómoda del chiste: no estamos hablando solo de niños pequeños, que es lo comprensible. Estamos hablando de adolescentes y adultos que necesitaron un anuncio de televisión para que les explicaran que el detergente no es un postre. De gente que abre una bolsa de pipas, ve un sobrecito desecante y se plantea si será “el extra de sabor”. De una cultura en la que si algo es colorido, brilla o viene en un envase pequeño, el instinto ya no dice “cuidado”, dice “contenido”.
No es que la humanidad se haya vuelto de golpe estúpida. Es más sutil y más preocupante: el sentido común se ha privatizado. Ahora es un servicio extra que el fabricante tiene que incluir en la etiqueta porque ya no se da por supuesto. Como el WiFi en los hoteles o las servilletas en los bares. Antes venía de serie. Ahora hay que pedirlo.
El día que veamos un plátano con la etiqueta “este producto SÍ se come, pero pela primero”, sabremos que hemos llegado al final del camino. Hasta entonces, cada “NO INGERIR” en un sobre de humedad es un pequeño epitafio: aquí yace una generación que todavía distinguía entre un desecante y un aperitivo. Descansa en paz, sentido común. Te extrañaremos. Sobre todo a la hora de abrir cajas.


























































