En las entrañas del Partido del Progreso Eterno (PPE), donde las promesas electorales se pudrían más rápido que las cañerías viejas, trabajaba Lola la Desatascadora. No era una fontanera cualquiera. Lola tenía manos de oro para destapar atascos, recolocar piezas comprometedoras y hacer que los problemas desaparecieran por el desagüe sin dejar ni una gota de rastro.
Alta, mirada afilada como un destornillador Phillips y una agenda que pesaba más que un camión cisterna, Lola había empezado como militante de base en un pueblo de la periferia. Pero pronto demostró que tenía talento natural para la fontanería política: sabía qué tubos había que soldar, cuáles había que romper y, sobre todo, a quién había que llamar cuando se producía una fuga mayor.
Todo cambió el día que conoció a Enrique el Uno. Alto, con sonrisa de anuncio de dentífrico renovado cada seis meses, voz grave de quien ha ensayado discursos frente al espejo y una ambición que no cabía en ningún organigrama del partido. Enrique no era todavía el líder indiscutible. Era solo un diputado con carisma y un pasado que, según los rumores, olía a vapor y a oportunidades bien aprovechadas.
—Lola, necesito que me arregles un problemilla —le dijo Enrique en una reunión discreta en un bar de Madrid que olía a café recalentado y conspiraciones frescas.
—¿De qué calibre es la fuga, Uno? —preguntó ella, anotando mentalmente sin levantar la vista de su libreta.
—De los que pueden hundir un partido entero. Hay correos, hay facturas, hay gente que habla demasiado.
Lola sonrió con esa sonrisa peligrosa que ya era su marca.
—Considéralo arreglado, Uno. Pero esto no va a ser barato. Necesitaré… margen de maniobra, presupuesto para “herramientas especiales” y gente de confianza.
Aquella misma noche, Lola empezó a mover fichas. Llamó a Koldo el Armario, un tipo grande con contactos en aeropuertos y una habilidad especial para hacer desaparecer maletas (y problemas). También reclutó a Begoña la Impecable, especialista en recolocar fondos y en mantener una imagen impecable mientras el sótano se inundaba.
Enrique el Uno, mientras tanto, observaba desde su despacho con vistas a la Castellana. Sabía que Lola era peligrosa. Pero también sabía que, sin ella, nunca llegaría a lo más alto.
—Esta tubería —murmuró para sí mismo mientras firmaba un documento que parecía inocente— va a llevarme directamente a la Moncloa.
Lola, en su piso funcional de Chamberí, se sirvió una copa de vino y miró el mapa de contactos que tenía colgado en la pared. Miles de nombres, flechas y tuberías dibujadas con rotulador rojo.
—Vamos a hacer que todo fluya —dijo en voz baja—. Aunque tengamos que romper alguna cañería por el camino.


























































