Diez años después de aquel primer jabonazo en El Vapor Dorado, Paco Sandoval ya no contaba los años por legislaturas, sino por escándalos superados. Era el presidente más longevo de la democracia reciente. Había sobrevivido a tres elecciones, dos mociónes de censura fallidas, un divorcio fingido con Leticia (que en realidad seguía siendo su socia en todos los sentidos) y un intento de libro bomba escrito por Manolo que acabó convertido en bestseller de humor en las saunas de Chueca.
La Moncloa olía permanentemente a eucalipto y ambición.
Una mañana de primavera, mientras firmaba un decreto que convertía las saunas públicas en “Centros de Bienestar Ciudadano” (proyecto estrella de su última legislatura), Paco miró por la ventana y soltó un suspiro profundo.
—Leticia, ¿crees que algún día alguien sabrá la verdad?
Leticia, ahora con algunas canas elegantes que le daban aire de primera dama eterna, se acercó por detrás y le rodeó la cintura.
—La verdad es aburrida, cariño. La gente prefiere la leyenda: el hombre que subió desde lo más bajo hasta lo más alto sin perder nunca el toque humano… ni el manual.
Don Ramiro, que ya pasaba más tiempo en Moncloa que en sus saunas (y que había cumplido noventa años con la misma energía de siempre), entró arrastrando los pies pero con la mirada afilada.
—Chaval, ha llegado el momento de pensar en la sucesión. No puedes estar eternamente. O sí… pero hay que guardar las apariencias.
Paco sonrió con esa sonrisa que ya tenía millones de seguidores en redes y que seguía derritiendo a militantes y a más de una diputada.
—He estado pensando en alguien joven, carismático, con buena planta… Alguien que sepa conectar con la gente.
Leticia levantó una ceja.
—¿Otro chapero?
—No —rio Paco—. Esta vez uno de verdad. Mi ahijado. El hijo de Víctor Lagos. Le hemos estado preparando desde que tenía veinte años. Sabe sonreír, sabe callar y, sobre todo, sabe guardar secretos.
Esa misma tarde convocaron una reunión discreta en la sauna presidencial. El joven aspirante, Álex Lagos, llegó nervioso pero con la ambición brillándole en los ojos. Paco le puso una mano en el hombro, como años atrás le habían puesto a él.
—Esto no es un partido, Álex. Esto es un oficio. Sonríe, promete, toca donde duele y nunca dejes que te sequen del todo. El vapor es tu aliado.
La última comparecencia de Paco como presidente fue memorable. Anunció que no se presentaría a una tercera reelección (aunque todo el mundo sabía que seguiría moviendo los hilos desde la sombra) y presentó a Álex como su delfín.
—España necesita sangre nueva —dijo con voz emocionada—. Alguien que continúe limpiando este país… con las mismas manos que yo.
Los aplausos fueron ensordecedores. Los memes, apoteósicos.
Esa noche, en la suite presidencial, Paco, Leticia y Don Ramiro (ya en bata y con puro) brindaron por última vez como equipo titular.
—Del Vapor Dorado a La Moncloa —dijo Don Ramiro con la voz rota por la emoción y el alcohol—. Y todavía nos queda cuerda para rato.
Paco miró el techo, recordó al chaval asustado que enjabonaba espaldas por dinero y sonrió con nostalgia peligrosa.
—Nunca pensé que llegaría tan lejos. Y lo mejor es que… todavía no he terminado.
Leticia se acercó, le dio un beso largo y le susurró:
—Claro que no. El próximo capítulo lo escribimos nosotros.
Y mientras el vapor de la sauna presidencial subía suavemente, España seguía creyendo que tenía un presidente normal.
Pero todos los que sabían la verdad… sabían que seguía oliendo a jabón.



























































