Los primeros cien días en La Moncloa fueron un torbellino de reuniones, fotos oficiales y “gastos de representación” que Don Ramiro facturaba con una sonrisa. Paco Sandoval, ahora Presidente del Gobierno, descubrió que gobernar era muy parecido a trabajar en la sauna: mucho vapor, gente sudada pidiendo cosas y la necesidad constante de salir limpio aunque por dentro estés hecho un desastre.
Leticia se había instalado en un despacho contiguo al suyo con el título oficial de “Asesora Especial en Comunicación y Relaciones Profundas”. Oficialmente coordinaba la imagen. Extraoficialmente, coordinaba quién entraba y salía de la suite presidencial a horas intempestivas.
Una mañana, durante una reunión del Consejo de Ministros, Paco recibió una llamada urgente.
—Señor Presidente —dijo Víctor Lagos desde el otro lado—, tenemos un problema. Hay una huelga de transportes, los agricultores están cortando carreteras y Bruselas nos amenaza con sanciones.
Paco, que estaba firmando decretos con una mano mientras Leticia le masajeaba los hombros con la otra, suspiró.
—Convoca una rueda de prensa. Voy a darles jabón a todos.
La rueda de prensa fue magistral. Con gesto serio pero mirada comprensiva, Paco miró a las cámaras:
—Entiendo el enfado de los españoles. Yo también vengo de abajo. He sudado mucho en mi vida. Sé lo que es luchar. Por eso les prometo que vamos a limpiar este país de obstáculos… uno a uno.
Los agricultores, que esperaban promesas concretas, se quedaron con la sensación de que les habían dado un buen masaje… pero sin final feliz. Aun así, las encuestas subieron tres puntos. La gente adoraba su capacidad para hablar sin comprometerse.
Pero el verdadero peligro no venía de la calle. Venía de dentro.
Una noche, mientras Paco y Leticia celebraban un “consejo de ministros reducido” en la sauna recién instalada en los sótanos de La Moncloa (reforma presupuestada como “mejora de instalaciones termales para la salud mental del presidente”), apareció Don Ramiro con cara seria.
—Tenemos un topo —dijo el viejo—. Alguien está filtrando información a la oposición. Fotos antiguas. Muy antiguas. De cuando Paco aún cobraba por hora.
Leticia se tensó como un resorte.
—¿Manolo?
—No. Alguien más arriba. Creo que es Enrique Siles. Nunca tragó del todo que un chapero le pasara por encima.
Paco, envuelto solo en una toalla blanca con el escudo de España bordado, sonrió con frialdad.
—Entonces hagamos lo de siempre. Invítalo a una “reunión de reconciliación”. En la sauna nueva.
La operación fue limpia. Enrique Siles llegó creyendo que iba a negociar un ministerio. Salió tres horas después con la promesa de un cargo en Bruselas… y un dosier completo de sus propios trapicheos en la mano de Leticia.
Al día siguiente, Siles anunció su “retirada voluntaria de la vida pública para cuidar de su salud”.
Paco, desde su despacho, miró el retrato de sí mismo que acababan de colgar (encargo urgente a un pintor amigo de Don Ramiro) y soltó una carcajada.
—Leticia, ¿te das cuenta? Hace años me pagaban por dar placer a unos pocos. Ahora me pagan por fingir que se lo doy a treinta y ocho millones de españoles.
Leticia se sentó en sus rodillas, le aflojó la corbata y le mordió suavemente el lóbulo de la oreja.
—Y lo mejor, cariño, es que todavía te queda legislatura. Y luego… la reelección. Y después… quién sabe. Europa está llena de saunas también.
Don Ramiro, que entraba en ese momento sin llamar (privilegio de suegro), levantó su copa eterna.
—Por el presidente que nunca se seca. Que Dios, o quien coño mande aquí arriba, nos pille confesados.
Paco levantó su vaso de whisky.
—Y bien enjabonados.


























































