Felipe VI ha inaugurado en Santander el Faro Santander, un centro cultural en la antigua sede del Banco Santander, con obras de El Greco, Velázquez, Goya y, de propina, Frida Kahlo. Aplausos, vítores, selfies, un Audi alemán y el protocolo habitual de quien llega, sonríe y se va.
Lo cómico no es el museo. Lo cómico es el calendario.
En estos momentos Ceuta está viviendo una crisis migratoria de una magnitud que el propio monarca calificó, desde la distancia confortable de un comunicado, de “graves acontecimientos”. Sánchez le afeó en público que, en más de una década de reinado, no hubiera puesto un pie en Ceuta ni en Melilla. El presidente de Ceuta salió de Marivent diciendo que el rey se había comprometido a ir. El Gobierno anunció la visita “en las próximas semanas”.
Y las próximas semanas, al parecer, eran Santander.
Si la Casa Real buscaba un rincón de España lo más alejado posible de Ceuta sin salirse del Reino, Cantabria es una solución elegante. El Estrecho queda a una distancia moral de varios cientos de kilómetros y de un par de discursos sobre “apoyo institucional”. En el Paseo de Pereda no hay valla, no hay Tarajal y no hay que explicar por qué el jefe del Estado tarda más en llegar a una ciudad española que un turista alemán a ChatGPT.
El tono oficial es siempre el mismo: preocupación, indignación, contacto permanente, ánimo y firmeza. Palabras que viajan mejor que el rey. Un comunicado cruza el Estrecho en segundos. Un Borbón, no.
La crítica no es que inaugure un centro de arte. Inaugurar es, de hecho, la especialidad laboral de la monarquía parlamentaria: cortar cintas, mirar cuadros, estrechar manos y desaparecer antes de que alguien pregunte por el refrendo del Gobierno. La crítica es la jerarquía de urgencias. Cuando hay una frontera reventada, se cita al presidente de Ceuta en Mallorca. Cuando hay una fundación bancaria con colección Gelman, se desplaza el jefe del Estado. El mensaje es nítido: España es una e indivisible, salvo cuando el GPS recomienda otra cosa.
Se dirá, con razón constitucional, que el rey no manda, que sus actos necesitan refrendo y que la agenda la cocina el Ejecutivo. Perfecto. Entonces el humor negro consiste en esto: un jefe de Estado que no puede ir donde duele y sí puede ir donde brilla. Un símbolo nacional que funciona como faro… siempre que el faro esté en Santander y no en el Estrecho.
En el exterior del edificio, vecinos y turistas lo vitorearon. “Majo”, “simpático”, “se para con los niños”. Esa es la gran ventaja de la corona: el afecto personal tapa el vacío político. Se puede ser majísimo a mil kilómetros de Ceuta. Se puede saludar a doscientas personas al sol de Cantabria y seguir sin haber pisado la ciudad a la que se le debe, según el propio relato oficial, “apoyo y cariño del resto de España”.
El Faro Santander, dicen, mira al mundo y al futuro. El rey, de momento, mira al norte. Ceuta puede esperar a “las próximas semanas”, esa categoría temporal que en Zarzuela parece significar “cuando el mapa deje de ser incómodo”.
Hasta entonces, España tiene un faro nuevo en Santander y un punto ciego en África. Y Felipe VI, otra foto con Ana Botín. El protocolo, al menos, funciona a la perfección.

















































