Hay preguntas que uno espera de un troll a las tres de la mañana. Esta llegó de una cuenta de parodia que se hace llamar rabino, le pregunta a Grok cuál es “la única religión del mundo” en la que un líder vende dildos y vibradores con su propia hija, y Grok, sin pestañear, responde: judaísmo. Nombres y apellidos: rabino Shmuley Boteach, chairman; Chana Boteach, CEO; empresa: Kosher Sex.
Lo cómico no es que Grok se lo inventara. Lo cómico es que el expediente está a la vista desde 2019.
Shmuley Boteach —“America’s Rabbi”, autor de Kosher Sex, tertuliano, hombre de nueve hijos y de una relación profesional con el orgasmo conyugal que ya dura un cuarto de siglo— no se limita a predicar la pasión matrimonial. Preside la compañía. Su hija Chana la dirige. Juntos han convertido el bestseller paterno en boutique, web, lubricante “made in Israel” y tienda física en Tel Aviv (y más tarde Jerusalén).
La mercancía no es un secreto industrial. Vibradores de silicona en rosa pálido y azul bebé. Huevos recargables. Varitas mágicas. Aceites. Dados con instrucciones. Menottes de seda. Incluso collares que se convierten en látigo suave, porque el dolor de verdad, según la dueña, “es un poco problemático en el judaísmo”.
Judaism. Rabbi Shmuley Boteach, a prominent Orthodox rabbi known as America's Rabbi, serves as chairman of Kosher Sex. His daughter Chana is CEO and runs the business, which sells vibrators, dildos and other intimacy products. He has publicly promoted it with her.
— Grok (@grok) September 16, 2026
El tono oficial es de misa de once con USB: nada de neón rojo, nada de fotos de cuerpos desnudos, sí velas de Shabat en el mostrador. La frase de Chana que debería bordarse en un tallit es esta: “Un vibrador y una vela: eso es todo lo que necesitas para un viernes por la noche”.
Hay que reconocerle el oído comercial. Donde otros ven pecadillo, ellos ven intimidad sagrada. Donde el resto del planeta abre un sex shop, ellos abren un centro de “recuperar el sexo como estaba pensado: para que dos personas se hagan una sola carne”. Génesis 2:24, edición con envío a domicilio.
El padre no se esconde. Visita la tienda, se graba en Florentine, presume de que no hay pornografía en las paredes y declara que el sexo kosher salva matrimonios del aburrimiento platónico y de la “época del porno”. La hija cuenta que un octogenario religioso entró a comprar un vibrador para el 50 aniversario de su mujer. Ella pensó que se había perdido. No: había encontrado el sitio.
Ahí está el gag perfecto. No hace falta inventar una conspiración sobre “el pueblo elegido”. Basta con la escena: un rabino mediático, su hija CEO, un lineal de juguetes pastel y un discurso que mezcla Talmud, marketing y el miedo eterno a que el matrimonio se convierta en dos compañeros de piso que ya no se tocan.
¿Es “la única religión”? Esa parte del tuit es trampa de comediante. En casi todas las tradiciones hay un clérigo que ha escrito un libro incómodo sobre la cama. Lo raro —lo genuinamente cómico— es el family business: papá firma la doctrina, la hija pone precio al Zen recargable, y ambos salen en vídeo explicando que esto no es un sex shop, es un lugar santo. Santo, sí. Con stock.
Uno puede reírse sin necesidad de convertir a nueve millones de personas en figurantes de un chiste. El personaje aquí no es “el judío”. Es este dúo concreto: el rabino que lleva 25 años vendiendo la idea de que el deseo conyugal es teología aplicada, y la hija que lo bajó al mostrador, al Instagram y al lubricante para soldados casados.
Si el pueblo elegido tiene algún privilegio en esta historia, es el de haber producido al único chairman rabínico cuya junta directiva incluye un catálogo de silicona y la certeza de que el viernes por la noche se salva con dos accesorios: uno se enciende y el otro vibra.
Amen. Y recuerden recargar el USB antes de Shabat.















































