Hay encuestas que miden el voto. Y hay encuestas que miden la fe. El barómetro del CIS de septiembre pertenece a la segunda categoría: una especie de rosario institucional con margen de error.
Según RTVE y el propio organismo, el PSOE “ganaría” con un 31% (dos puntos menos que en julio), el PP sube a 25,5%, Vox a 16,6% y Sumar se queda en un 5,7% que ya parece el número de la habitación del hotel donde se alojan las ilusiones de la coalición. Podemos, quinta, con un 3,7%. O sea: el Gobierno pierde, la oposición recorta, Vox crece… y el titular sigue siendo que Sánchez ganaría. El CIS es el único instituto nacional que sostiene esa foto. El resto del país parece estar en otra película.

La pregunta del lector —esa que duele porque es demasiado clara— es la siguiente: ¿cómo es que al Gobierno le quiere votar más gente cuanto más gente está harta de lo que está haciendo?
Respuesta corta: no le quiere votar más gente. Le quiere votar el CIS.
El trabajo de campo se hizo del 1 al 4 de septiembre, un mes después de la crisis de Ceuta y coincidiendo con la comparecencia de Sánchez en el Congreso. El principal problema que citan los encuestados es la vivienda. El presidente sigue siendo el líder “mejor valorado”, con un 4,18 sobre 10. En la escala de la vida real, un 4,18 es la nota de quien entrega el examen en blanco pero con letra muy limpia.
La aritmética, esa enemiga íntima de los titulares, dice otra cosa: PP y Vox sumarían 42,1%; PSOE y Sumar, 36,7%. Incluso metiendo a Podemos, el bloque de la izquierda se queda corto. Es decir: el partido que “gana” no suma para gobernar sin un puzzle de socios que, de tanto usarse, ya tienen las piezas desgastadas. Ganar primero y no poder formar mayoría es el equivalente político de llegar el primero a la cola del INEM.
El chiste no es que la gente esté harta. El chiste es el mecanismo. Cuanto peor va el mes —fronteras, vivienda, fricciones en el Consejo de Ministros—, más se agradece que exista un organismo capaz de traducir el hartazgo a “sigue usted primero, don Pedro, pero un poquito menos”. Dos puntos menos. Un recorte de distancia. Un Vox que sube “más de un punto”. Un Sumar que toca suelo histórico. Y, al final, el mismo titular de siempre: el PSOE ganaría.
Es una física nueva. La ley de la gravedad sociológica: el desgaste cae hacia abajo, pero el primer puesto se queda arriba por inercia administrativa. Como esos globos que no se desinflan del todo porque alguien les da un soplo cada mes desde Ferraz… o desde el Paseo de Recoletos.
Uno imagina la conversación en una cocina cualquiera:
—Estoy hasta las narices. —¿Y a quién vas a votar? —Pues al que dice el CIS que va primero. No vaya a ser que si cambio, me acusen de no haber leído el barómetro.
Así se explica el milagro. No es que cuanto más harta está la gente, más vote al Gobierno. Es que cuanto más harta está la gente, más necesario se vuelve un gráfico naranja de RTVE que diga “ÚLTIMA HORA” y, debajo, que el que ya está en Moncloa seguiría en Moncloa. Aunque sea con dos puntos menos, el PP a 5,5 y Vox oliendo la sangre.
España no es un país de consenso. Es un país de estimaciones. Y mientras la estimación diga 31%, el hartazgo puede seguir haciendo cola. El CIS, al menos, le guarda el sitio.
















































