Anoche En el punto de mira volvió a Cuatro con Boro Barber al frente y un título que ya es casi un diagnóstico nacional: Funcionarios sin control. El programa, que se apresuró a aclarar que «esto no es un programa contra los funcionarios», dedicó la noche a demostrar que algunos han convertido el horario laboral en un concepto tan flexible como el almuerzo de 30 minutos que dura lo que un puente de agosto.
La investigación regresó a la Ciudad de la Justicia de Valencia, el mismo escenario que en 2018 ya dejó a medio país con la boca abierta. Entonces las cámaras pillaron a empleados dejando el coche en doble fila, fichando y escapándose a desayunar dos veces, ir de compras o, en general, ejercer el noble arte de no estar. La Generalitat implantó un sistema de control horario por ordenador. Ocho años después, Boro Barber ha comprobado el resultado: ahora fichan desde el ordenador… y se largan igual. Algunos salen en menos de diez minutos. Tiempo justo para que el sistema registre que han llegado a salvar la patria.
El centro comercial de al lado, a 300 metros, se ha convertido en la sucursal extraoficial de Justicia. Allí el equipo grabó a una funcionaria que dedicó más de hora y media (algunas versiones hablan de casi dos horas) de su jornada a recorrer pasillos. Compró una estufa, la dejó en el coche y volvió a entrar a seguir comprando. Cuando Barber la abordó a la salida, la escena alcanzó cotas de comedia institucional.
—¿Es usted funcionaria de la Ciudad de la Justicia?
—No.
El periodista, que llevaba toda la mañana siguiendo el rastro, soltó la frase que ya es historia: «Lo tengo todo grabado, señorita». Ella se indignó («Perdona, esto me parece muy fuerte»), alegó que había salido en su almuerzo, que solo había ido a la farmacia y que luego había vuelto a su puesto. La estufa, al principio, no existía. Después sí existía. El almuerzo de 30 minutos se alargó tanto que ella misma se lió con los tiempos y acabó llamando a la policía para denunciar que la estaban grabando. Negarse a acompañar al equipo fue lo más coherente de toda la conversación.
Boro Barber resumió el panorama con una palabra que no necesita traducción: «Esto es un cachondeo».
El reportaje no se quedó en Valencia. También se coló en oficinas del SEPE, donde conseguir cita previa para cobrar el paro se ha convertido en una odisea de semanas o meses. La solución que ha surgido en la calle es de manual de economía sumergida: locutorios que venden las citas. Es decir, hay un mercado negro para hablar con la Administración que se supone que debe atenderte. Mientras tanto, en las oficinas del INSS hay gente que lleva meses intentando que le tramiten la pensión de jubilación. El contraste es perfecto: el ciudadano espera, el funcionario de compras ya tiene la estufa en el maletero.
⚠️ Este no es un programa contra los funcionarios ⚠️
— En el punto de mira (@puntodemira_tv) September 14, 2026
👉🏻 Boro Barber investiga el absentismo injustificado en diferentes administraciones públicas
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Lo más gracioso —o lo más español— no es que existan estos casos. Es la naturalidad con la que ocurren y la seguridad con la que se niegan. En el sector privado, si te pillan dos horas de compras en horario laboral con una estufa a cuestas, el expediente disciplinario llega antes que el ticket. En la Administración, el primer reflejo es negar que eres funcionario, el segundo es invocar el almuerzo y el tercero es llamar a la policía. La plaza en propiedad no solo da estabilidad laboral: da una capa de teflón emocional.
Conviene decir lo evidente para que no se rasgue nadie las vestiduras: hay funcionarios que trabajan, y de hecho cargan con el trabajo de los que no están. Son los quemados, los que no pueden irse al centro comercial porque si se van se cae el mostrador. El programa no va contra ellos. Va contra la impunidad de los que han entendido que el Estado es un sitio al que se va a fichar, no a trabajar. Y contra un sistema que, ocho años después de un escándalo televisivo, sigue permitiendo que el control horario sea un trámite y no una obligación.
La caradura no está solo en quien se va de compras. Está en el conjunto: en que el ciudadano tenga que pagar a un locutorio para que le den cita con quien cobra de sus impuestos, en que el almuerzo de media hora se convierta en una mañana de centro comercial y en que, cuando te pillan con las manos en la estufa, la reacción sea «esto me parece muy fuerte».
Muy fuerte es, sí. Sobre todo para el que está en la cola.
















































