Durante meses el país entero se dividió en dos tribus. Los que compraron la baliza V-16 conectada “porque si no, multa”. Y los que la miraron de reojo, se cruzaron de brazos y murmuraron aquella frase ancestral del conductor español: ya veremos.
Hoy esos segundos caminan por la vida con la dignidad de quien no se dejó convencer por un semáforo de techo con SIM. El titular que corre estos días —“adiós a la baliza v-16”— es más clickbait que decreto. Lo que hay de verdad es una enmienda en el Congreso para que la lucesita deje de ser el único dios del arcén y los viejos triángulos recuperen algo de dignidad. La DGT, por boca de Pere Navarro, sigue diciendo que “ha venido para quedarse” y que “no hay marcha atrás”. O sea: adiós, pero quédese.
El dispositivo se vendió como el futuro: no te bajas del coche, brilla, avisa a Tráfico y, de paso, demuestra que España también inventa cosas. Navarro incluso se quejó de que se criticara “por ser un invento español, en lugar de estar orgullosos”. El país, fiel a su tradición, respondió con memes. Millones de memes. Un proyecto de país convertido en material de WhatsApp familiar.
El milagro económico de la guantera
Se han vendido alrededor de 18 millones de unidades. Dieciocho millones de pequeños faros naranjas buscando un techo magnético y un propósito. Este verano hubo unas 160.000 activaciones. La Guardia Civil, según el propio Navarro, acude “si está cerca y el servicio lo permite”. Traducción libre: el invento avisa a un sistema que a veces mira el mensaje y contesta “ahora no puedo”.
Mientras tanto, el mercado secundario de la seguridad vial alcanzó cotas de feria. Aparecieron balizas “aprobadas por la DGT” a seis euros, con geolocalizador de mentira y conectividad de humo. FACUA denunció el festival. Gente que pagó 40 o 50 euros por la legal se encontró con primos que habían comprado un chupachús luminoso en un marketplace y se creían a salvo. Otros pagaron de más. Otros compraron dos “por si acaso”. El capitalismo de proximidad nunca duerme cuando hay obligación estatal y fecha en el calendario.
Y ahora llega la autocrítica de manual. Navarro admite que a la Administración le faltó pedagogía. Que si volviera a hacerlo, “probablemente enviaría una carta a todos los conductores” explicando qué es, por qué y para qué. Una carta. Después de 18 millones de ventas. Es una idea hermosa, casi poética: primero la obligación, después la multa teórica de 80 euros, después el caos de homologaciones, y al final una misiva. “Estimado conductor: aquello que le hicimos comprar era, en esencia, una reflexión.”
Lo que nadie te devolvió
El tuit que resume el espíritu de la calle no anda con matices: la llamaron porquería, te obligaron a comprarla, alguien se forró y ahora toca “reflexionar”. La frase es injusta con parte de la idea original —no bajar a la calzada de noche tiene sentido— y muy justa con el método. En España el método suele ser el producto. Primero se legisla el objeto. Luego se discute si el objeto sirve. Después se descubre que hay versiones falsas, versiones caras, versiones que caducan y versiones que no conectan. Y al final alguien propone volver al triángulo de toda la vida, ese plástico naranja que al menos no pedía cobertura.
LA BALIZA V16, CRÓNICA DE UNA ESTAFA IMPUESTA LA DGT.
— EQUALIZER3 (Eduardo G) (@egtegain) September 21, 2026
Sabíamos que era una mierda, la Guardia Civil dejó Claro que era una Porquería, pero te obligaron a comprarla.
Los Estafadores y sus Patrocinadores, El Gobierno de Sánchez, SE FORRARON.
¿Te devolverán el dinero, los… pic.twitter.com/zEUA8EPYEj
Los que no la compraron no son héroes de la seguridad vial. Son, en el mejor de los casos, agnósticos del gadget. Apostaron a que la norma se ablandaría, a que la Guardia Civil no iba a convertir cada control en una subasta de tulipas homologadas, a que el Estado español no sostendría para siempre un objeto que la ciudadanía había convertido en chiste. De momento no han cobrado el premio gordo: la V-16 sigue siendo, sobre el papel, el dispositivo válido. Pero han ahorrado el dinero, el cajón extra y la conversación de cuñado sobre si la SIM llega a 2038.
Eso, en este país, ya es una victoria moral.
Moralina de arcén
La lección no es “no obedezcas nunca”. A veces una norma tonta salva una vida. La lección es más doméstica: cuando te venden un objeto obligatorio con fecha, logotipo oficial, listado de marcas certificadas y amenaza de sanción, conviene esperar a que pase la primera Navidad. Si sobrevive al meme, al fraude de los seis euros y a la primera pregunta en el Congreso, quizá merezca la guantera. Si el inventor institucional empieza a hablar de cartas y reflexiones, felicidades: tu desconfianza acaba de cotizar al alza.
Al final hicimos muy bien en no comprarla. No porque el triángulo sea una obra maestra de la ingeniería. Sino porque en España hay dos tipos de inversiones seguras: el ladrillo y no adelantarse a la DGT. El ladrillo a veces baja. La DGT, tarde o temprano, reflexiona. Y la reflexión, como la V-16, también parpadea.















































