Resulta que en Tarragona ha caído una tormenta de verano con granizo. Sí, granizo. Esas bolitas de hielo que a veces caen del cielo cuando el aire frío de arriba se encuentra con el aire caliente de abajo. Un fenómeno tan misterioso y moderno como el sol o la marea.
El usuario @Kinshasho, en un alarde de rigor científico digno de un documental de National Geographic narrado por un loro, publicó el vídeo con el epígrafe:
«Me cago en los negacionistas del cambio climático. Tarragona hace 10 minutos»
Me cago en los negacionistas del cambio climático. Tarragona hace 10 minutos pic.twitter.com/5rahfUq9HZ
— Eduardo Soler (@Kinshasho) August 24, 2026
Traducción libre: “Ha llovido con pedrisco, por tanto el clima se ha roto y quien diga lo contrario se merece un buen retrete mental”.
Uno imagina a este hombre en 1998, cuando en media España caían granizadas que dejaban los coches como si hubieran pasado por una fábrica de abolladuras, mirando al cielo y diciendo: “Esto es el protocolo de Kioto, lo sabía”. O en 1978, o en 1930, o en cualquier agosto mediterráneo desde que existen los romanos. Porque, claro, antes de que existiera Twitter las tormentas de verano eran solo un rumor. La gente miraba el cielo, veía nubes negras, oía truenos y pensaba: “Será el dios Júpiter enfadado otra vez, qué típico de él”.
La lógica es impecable:
- Hay una tormenta.
- Yo no recuerdo una igual (o sea, no la busqué en el archivo).
- Por tanto, es culpa del dióxido de carbono que echan los coches de los vecinos.
- Los que digan que el granizo existe desde mucho antes de que inventáramos el SUV son “negacionistas”.
Es el mismo razonamiento que usa la gente cuando ve nieve en enero y grita “¿dónde está el calentamiento global?” o cuando hace calor en julio y grita “¡el planeta se derrite!”. La meteorología se ha convertido en un espejo mágico: refleja exactamente lo que uno quiere ver ese día.
Lo más divertido es que el vídeo no muestra un huracán categoría 5 ni una inundación bíblica. Muestra un patio interior con granizo rebotando y lluvia fuerte. Un martes cualquiera en la costa catalana en agosto. El tipo de tormenta que los abuelos llamaban “tormenta de verano” y que solían aprovechar para cerrar las ventanas y echarse la siesta.
Pero no. Ahora es prueba irrefutable de que el clima se ha vuelto loco. Como si el clima hubiera sido, hasta 1990, una señora muy educada que solo mandaba brisa suave y cielos azules.
Así que, queridos negacionistas del cambio climático inexistente (o sea, cualquiera que recuerde que siempre ha habido tormentas), preparaos. Porque la próxima vez que caiga un chaparrón en cualquier pueblo de España, saldrá otro iluminado con el móvil en la mano, el dedo acusador y la certeza moral de haber descubierto la física atmosférica por su cuenta.
Y el granizo seguirá cayendo. Como lleva haciendo desde que el planeta tiene atmósfera. Con o sin tuit.
























































