Óscar Puente subió a la tribuna, abrió los brazos como quien presenta un problema de logística de última hora y soltó la pregunta del millón: que no valieron los polideportivos, que no valieron las parcelas del puerto… ¿dónde quieren que dejemos a los inmigrantes?
El vídeo lo captura todo: el ministro gesticulando, la intérprete de signos trabajando a destajo y, al fondo, senadores del PP vociferando desde la bancada. Al final, un popular sonríe. No se sabe si de la ocurrencia, del teatro o de que alguien por fin ha formulado en voz alta lo que media España lleva semanas murmurando en el bar.
La escena es casi de sketch. Un ministro de Transportes —el de los trenes que a veces llegan y a veces no— ahora hace de jefe de almacén de personas. Ceuta no es California, dice él. Tiene razón: Ceuta es un trozo de España del tamaño de un pañuelo, con un puerto, unos polideportivos y una frontera que en julio se volvió un coladero. Decenas de miles de personas cruzaron en un abrir y cerrar de ojos. Después viene el debate de las literas, las carpas, las parcelas y el artículo 73.3 de la Ley de Puertos. Es como discutir dónde guardar los muebles cuando ya te han desvalijado el piso.
Los comentarios al post de El Español van al grano. Uno propone los jardines de La Moncloa. Otro, más directo: “En Marruecos, Óscar”. No es poesía. Es geografía.
Puente lanza una pregunta al aire y los senadores del PP gritan desde la bancada: No les han valido los polideportivos, no les han valido las parcelas del puerto ¿Dónde quieren que dejemos los inmigrantes?" pic.twitter.com/2kxg8xt4uc
— EL ESPAÑOL (@elespanolcom) September 8, 2026
¿Qué tal si no los hubierais dejado entrar?
Hubiera sido más barato, más ordenado y menos surrealista. Menos polideportivos convertidos en albergues, menos parcelas portuarias requisadas, menos “encerronas” entre Vivas y Puente, menos informes técnicos avisando de riesgos junto a tanques de combustible y menos comparecencias en el Senado preguntando dónde aparcar a la gente que ya está dentro.
La frontera no es un concepto abstracto. Cuando se relaja el control, o cuando el vecino del sur decide que le conviene abrir el grifo, el resultado no es un debate filosófico sobre hospitalidad. Es un municipio desbordado, vecinos que se quedan sin playa, sin feria y sin sitio para el baloncesto, y un Gobierno que improvisa campamentos temporales “hasta final de año”. El efecto llamada no es una teoría de café: es lo que ocurre cuando se percibe que, una vez dentro, el trámite se alarga, se regulariza o se aparca en una carpa.
No haberles dejado entrar no significa disparar a la gente ni inventar muros de ciencia ficción. Significa que la frontera se defiende de verdad, que las devoluciones pactadas se ejecutan y que Marruecos no usa a sus propios ciudadanos como herramienta de presión. Eso, claro, exige algo que en política española a veces escasea: voluntad y coherencia entre lo que se dice en Bruselas y lo que se hace en el Tarajal.
¿Qué tal si les ponéis de patitas en Marruecos de vuelta?
Sería la respuesta lógica a la pregunta de Puente. Si el problema es “dónde los dejamos”, la respuesta más limpia es: en el país del que salieron hace dos días, no en el dique de Poniente ni en el pabellón municipal.
España ya tiene acuerdos de readmisión. El problema no es tanto el papel como la ejecución. Cuando Rabat colabora, los retornos ocurren. Cuando no le interesa, aparecen informes de “guiado activo”, gendarmes que acercan a la gente a la valla y un efecto llamada que se viraliza en TikTok. Mientras tanto, el ministro pregunta en el Senado como si el origen del atasco fuera un problema de mobiliario urbano.
Fingir que la única opción es ir rotando instalaciones deportivas y muelles hasta que Ceuta se convierta en un campamento permanente es otra forma de rendición. El procedimiento existe precisamente para filiar, tramitar y, cuando corresponda, expulsar. Si ese procedimiento se convierte en residencia de facto en una carpa del puerto, entonces no es un procedimiento: es un aparcamiento.
Puente tiene razón en una cosa: no se puede vivir en el bucle eterno de “aquí no, allí tampoco”. El error es plantear el bucle solo después de haber abierto la puerta. Primero se controla la entrada. Después se gestiona lo que ya está dentro. Y si la gestión consiste en preguntar al PP dónde quiere que los dejen, la respuesta que le están gritando desde la bancada —y desde buena parte de X— es bastante clara: no en Ceuta, no en el polideportivo y no en el puerto. En Marruecos.
El humor negro del momento es que un ministro de Transportes acaba de descubrir que el problema no es dónde aparcar el camión. Es que el camión no debería haber cruzado.






















































