Te despiertas, abres X y te encuentras con que cuatro militares españoles han tenido que marcar el 112 como si acabaran de ver un accidente de tráfico en la M-30. No un ataque con RPG, no un asalto coordinado con drones, no. Piedras. Muchas piedras. Lanzadas por un grupo que salió de detrás de los semáforos de Benzú a las 5:30 de la mañana con la precisión de quien lleva días ensayando la coreografía.
La escena tiene un punto de absurdo que rozaría lo cinematográfico si no fuera real. Cuatro uniformados, vehículo de la Comgeceu, punto de vigilancia establecido… y de pronto el paisaje se convierte en una versión low-cost de Mad Max en la que las armas son cantos rodados y el objetivo es el parabrisas. Los militares consiguen zafarse, reciben su ración de golpes y, en lugar de desplegar la potencia de fuego que uno asocia (quizá ingenuamente) a un ejército, sacan el móvil.
—112, emergencias.
—Sí, buenas. Somos militares. Nos están apedreando. ¿Pueden mandar a alguien?
Uno imagina a la operadora del 112 tomando nota con la misma calma con la que anota un incendio en un contenedor. “¿Heridos? ¿Localización exacta? ¿El agresor sigue en el lugar?” Mientras tanto, a unos metros, un grupo de 30 o 40 tipos continúa la persecución a pie hacia Calamocarro como si fuera la última etapa de la Vuelta.
La ironía se sostiene sola. España tiene en Ceuta unidades de la Legión, Regulares, artillería, ingenieros y logística. Hay vehículos, hay fusiles, hay un despliegue reforzado desde finales de julio. Y aun así, cuando la situación se pone fea a las cinco y media de la madrugada, el recurso táctico de primer nivel es el mismo que usa cualquier ciudadano que ve a dos tipos riñendo en la terraza de un bar: marcar tres dígitos y esperar.
No es que los soldados se “dejen atacar por gusto”. Es que las reglas de enfrentamiento en este tipo de misiones —apoyo a Interior, disuasión, no uso de fuerza letal contra civiles— convierten el fusil en un accesorio decorativo y el 112 en el verdadero centro de mando. El resultado es una estampa difícil de olvidar: el Ejército pidiendo refuerzos a la centralita de emergencias como quien pide una pizza.
Doce detenidos después. Lesiones leves en los cuatro militares. Y un debate que ya corre por las redes a toda velocidad: si esto es disuasión, ¿qué será el siguiente nivel? ¿Llevar un chaleco reflectante y un silbato? ¿Un cartel de “Por favor, no tirar piedras”?
Mientras tanto, en Benzú, el semáforo sigue ahí. Y el 112, también. Listo para la próxima llamada. Porque, al parecer, en 2026 el número de emergencias se ha convertido en el arma más versátil del inventario.

























































