Érase una vez, en un reino donde los partidos se peleaban por los colores de la caja de ceras como niños en el recreo, que apareció un proyecto nuevo, sólido, de centro, transversal, regeneracionista y con más adjetivos que militantes. Se llamaba Democracia 21 y su color oficial era el amarillo. ¿Por qué el amarillo? Porque era el que quedaba libre. El rojo estaba ocupado, el azul también, el morado se lo habían quedado los del pelo violeta, el verde lo tenía la ultraderecha de siempre, el naranja se lo llevó Ciudadanos a la tumba y el fucsia lo había reclamado alguien en un congreso. Quedaba el amarillo Pantone 803 C, el del limón podrido o de la señal de peligro. Perfecto para un partido que llega a limpiar el sistema.
El cuento, de esos que solo se creen si se cuentan muy deprisa y con buena iluminación, es el de un partido submarino del sistema de lo más descarado. No es un submarino discreto que emerge de noche y dispara un torpedo silencioso. Es de esos que suben a la superficie haciendo plof, con banderitas y un comunicado de prensa ya redactado. Aparece en veinticuatro horas, las televisiones y las radios lo miman como si fuera el nieto predilecto del bipartidismo, y de repente todo el mundo habla de “la otra política”, “romper los dos bloques” y “la limpieza institucional”. Mientras tanto, en las redes, los de la izquierda gritan que es un invento de la derecha para dividir el voto y los de la derecha gritan que es un invento de la izquierda para dividir el voto. Los extremos, como siempre, coinciden en el sectarismo. El centro, en cambio, se queda con el color que nadie quería y con un eslogan que suena a anuncio de detergente: “Se les acabó el chollo… y lo saben”.
Detrás del cuento está Miriam González Durántez, abogada de comercio internacional, fundadora de la plataforma España Mejor y esposa de Nick Clegg, el exviceprimer ministro británico y exhombre fuerte de Meta. Una mujer de trayectoria impecable en Bruselas, Londres y Silicon Valley que decide, un buen día de junio de 2026, registrar un partido en un edificio empresarial de Pozuelo de Alarcón. Luego, tras el adelanto electoral de Pedro Sánchez, lo presenta en el Domo 360 con aforo completo, streaming y antiguos de UPyD (Fernando Maura, Beatriz Becerra y compañía) haciendo de coro. El programa incluye rebajar impuestos de vivienda a menores de 35, echar al 90 % de los asesores, juzgados especializados en corrupción, límites de mandato y un plan nacional de construcción de barrios con “seguridad jurídica durante diez años”. Todo muy limpio, muy moderno, muy “liberal en el sentido británico” (el de los controles y garantías, no el de recortar el Estado hasta el hueso).
La estrategia es de manual de submarino de centro: presentarse solo por Madrid y Barcelona, las circunscripciones que más escaños dan, para pillar representación con el mínimo esfuerzo territorial y luego, ya con los pies en el Congreso, “vocación nacional” para las siguientes. Es como el primo que llega a la boda solo al banquete y dice que después ayudará con la limpieza. El sistema, que lleva décadas fabricando opciones de centro que se diluyen cuando dejan de ser útiles (Ciudadanos, UPyD, la propia UCD en su día), parece haber encontrado un recambio reluciente. Un recambio que critica a Sánchez y a Feijóo por igual, que habla de regeneración desde el establishment europeo y mediático, y que usa el amarillo porque, oye, alguien tenía que quedarse con el color de la advertencia.
El cuento chino funciona porque es exactamente lo que parte del electorado desencantado quiere oír: que por fin alguien de fuera del barro político va a limpiar el barro. El problema es que el barro se limpia con más barro, y este parece haber salido ya bien amasado, con sede en Pozuelo, cobertura mediática inmediata y un color que, de tan libre que estaba, casi parece un regalo. Si al final funciona y consigue escaños, será la prueba de que el sistema sigue siendo capaz de inventarse a sí mismo nuevas caras. Si no, será otro experimento de centro que se queda en el limbo de los colores que nadie usa el día de las elecciones.
Mientras tanto, el amarillo Pantone 803 C brilla en los carteles. Porque en el reino de los partidos, cuando se acaba la caja de ceras, siempre queda el color de la señal de precaución. Y a veces, el cuento chino más descarado es el que se cuenta con más convicción.
























































