Peter Levin no es un coleccionista cualquiera. Es fundador de Griffin Gaming Partners, inversor en videojuegos y deportes, copresidente de una liga de MMA y, sobre todo, el tipo que desde los siete años no ha tirado ni una sola carta. Tiene más de 500.000. Su mujer, presumiblemente, ya no pregunta “¿otra caja?”. Solo suspira.
En una charla con The Hollywood Reporter, Levin soltó la frase que ya circula como profecía pop: si mañana llega el apocalipsis, al día siguiente la moneda mundial serán las cartas de Pokémon. No el oro. No las latas de atún. No las balas. Cartas de Pokémon. Porque, según él, han batido al S&P 500 por un 3.000 %. El Wall Street Journal lo dijo hace un año y Levin lo confirma con la serenidad de quien tiene un Charizard holográfico en una slab de plástico UV.

La lógica es impecable… si aceptas que el fin del mundo será un mercadillo de feria. Imagina el escenario: las ciudades en ruinas, los supermercados saqueados, y en la esquina un superviviente ofreciendo tres raciones de arroz por un Pikachu Illustrator. “Lo siento, solo acepto PSA 10”. El trueque se vuelve un torneo de Liga Pokémon con zombies de fondo.
Levin explica que el boom no es solo nostalgia milenial. Hay dos motores: el fútbol (el de verdad, el soccer) que internacionalizó las cartas deportivas, y Pokémon, que salió de Japón en los 90, tuvo su auge, su caída y ahora una curva de crecimiento “parabólica”. Debajo de ese paraguas han brotado Yu-Gi-Oh!, Digimon y, sobre todo, One Piece, que según Levin crece más rápido que cualquier juego de cartas de la historia, Pokémon incluido. Mientras tanto, Magic: The Gathering factura cerca de 2.000 millones al año para Hasbro y se alía con Final Fantasy, God of War, El Hobbit y hasta Fortnite. Hollywood, que nunca llega tarde a una fiesta con merchandising, ya está repartiendo cartas de Transformers, Marvel, Star Wars y Disney Lorcana.
Lo más democrático, insiste Levin, es que cualquiera puede entrar. Vas a un Walmart, un Costco o una farmacia, compras un sobre y tienes las mismas probabilidades que él de sacar algo valioso. Eso sí: después hay que enviarlo a PSA, CGC o TAG para que lo metan en un ladrillo de plástico y le pongan una nota del 1 al 10. Sin slab, eres un aficionado. Con slab, eres un inversor.
Levin no vende casi nada (“por desgracia para mi mujer”). Prefiere intercambiar en ferias de Los Ángeles, Burbank o la National Sports Collectors Convention. Lleva su lista de deseos y sus duplicados. El resto del planeta, entretanto, ve a Logan Paul subastar una carta por 16,5 millones de dólares y a influencers abriendo sobres en TikTok como si fueran cajas de Pandora con hologramas.
El mercado, según algunos analistas, mueve 50.000 millones de dólares al año y sigue creciendo. Un juego de cartas de Cyberpunk recaudó 28 millones en Kickstarter. Disney prepara versión digital de Lorcana. Y Levin, con medio millón de cartas en casa, ya está listo para el día en que el cajero automático deje de funcionar y el único cajero que quede sea un crío de 12 años preguntando: “¿Tienes un Mewtwo de primera edición o solo un Rattata común?”.
Moral de la historia: si vas a prepararte para el fin del mundo, olvida el bunker y las latas. Empieza a coleccionar. Porque cuando llegue el apocalipsis, el que tenga el mejor Charizard no solo sobrevivirá. Será el banco central.
























































