Agarraos a las mascarillas (de las buenas, no de las chinas defectuosas del caso Koldo), porque hoy vamos a hacer un tour guiado por el fascinante universo de la integridad de Pedro Sánchez. Ese hombre que, según sus propias palabras, llegó a La Moncloa para acabar con la corrupción sistémica del PP… y acabó rodeado de un casting de personajes que harían sonrojar a un guionista de telenovela venezolana. Pero tranquilos: seguro que él es inocente. Total, solo es el presidente. ¿Qué va a saber?
Empecemos por el Caso Koldo, esa joyita pandémica donde se compraron mascarillas a precio de oro macizo. Koldo García, el «asesor» de José Luis Ábalos (exministro de Transportes y ex mano derecha de Sánchez), se dedicaba a cobrar comisiones millonarias a cambio de adjudicaciones exprés. El empresario Víctor de Aldama era el crack del negocio: facturaba como si no hubiera mañana y repartía sobres como si fueran flyers de un after. Resultado: Ábalos en prisión preventiva, Koldo con peticiones de 19 años y medio de cárcel, y Aldama cantando como un ruiseñor en el Supremo.
Pero espera, que Aldama no se queda corto. En sus declaraciones ante el Tribunal Supremo (justo esta semana, con el juicio en ebullición), el hombre ha relatado su primer encuentro con Sánchez: «Quería darte las gracias». Según Aldama, el presidente le agradeció personalmente «todo lo que estaba haciendo», se hizo una foto con él y le dejó claro que «me tienen informado». Nada sospechoso, ¿eh? Solo un presidente dando las gracias a un comisionista por… ¿gestiones en México? Aldama va más allá y apunta que Koldo no era de Ábalos, sino «de Sánchez»: tenía «poder transversal» para mangonear ministerios y comunidades autónomas socialistas. «Koldo no era una hombre de Ábalos sino de Sánchez», dice. Y encima, menciona reuniones con Begoña Gómez y otros detalles que hacen que uno se pregunte si La Moncloa era un despacho o un punto de encuentro de Tinder para contratos.
Ah, y no olvidemos que Aldama ha tirado de la manta con todo: pagos a Ábalos (400.000 euros), a Koldo (200.000), a Santos Cerdán (el sucesor de Ábalos como número 3 del PSOE, también caído en desgracia)… y hasta menciona que el rescate de Air Europa olía a influencias varias. Pero claro, Sánchez dice que todo es falso. ¿Pruebas? «Que las traiga». Aldama: «Tranquilo, que traigo». El Supremo está que arde esta semana con las declaraciones de Aldama, Koldo y Ábalos. ¡Qué reality show tan educativo!
Y como el buen arroz, la corrupción viene en paquetes. Ahí está el Caso Begoña Gómez, la esposa investigada por presunto tráfico de influencias y corrupción. Cartas de recomendación, másteres dudosos, reuniones con empresarios… Todo mientras Pedro defendía la «independencia» judicial. O el hermano de Sánchez, David, a juicio por tráfico de influencias en un chiringuito público. O irregularidades en la SEPI, «fontaneras» del PSOE buscando trapos sucios contra la UCO, pagos en efectivo en Ferraz… ¡Una docena larga de casos que harían que Rajoy parezca un monaguillo!
Santos Cerdán, el otro secretario de Organización, también salpicado hasta las cejas. Informes de la UCO con grabaciones demoledoras. Sobres, chalés pagados, novias con pisos… Es como si el PSOE hubiera montado un OnlyFans de contratos públicos.
Pero oye, en medio de este festival de mordidas, Pedro Sánchez sigue impertérrito. Dimite cuando le conviene, indulta, reforma leyes, ataca a los jueces y sale en los medios diciendo que su Gobierno es «limpio». Es un mago: convierte escándalos en «lawfare», acusaciones en «fango» y pruebas en «bulos de la derecha».
Al final del día, queridos españoles, solo queda una conclusión lógica y serena: seguro que Sánchez es inocente. Total, ¿cómo va a enterarse el pobre de lo que hacen sus íntimos, su mujer, su hermano, sus secretarios de Organización y medio partido? Él solo estaba ahí dando las gracias y posando para fotos. Un santo. Un visionario. El hombre más limpio de la historia de la democracia. Y si no, que lo diga Aldama… que ya lo está diciendo en el Supremo.





















































