En 1971, en su casa de Portlligat (España), el periodista Jacobo Zabludovsky aterrizaba con su micrófono y sus buenas intenciones para entrevistar al más excéntrico de los artistas vivos: Salvador Dalí. Lo que debía ser un diálogo civilizado entre periodismo mexicano clásico y arte surrealista terminó siendo una masterclass de cómo no entrevistar a un genio que vive en otra dimensión. El video completo, subido al canal de YouTube Alejandro Báez, lleva el título perfecto: “SALVADOR DALÍ muy mal ENTREVISTADO POR JACOBO ZABLUDOVSKY COMPLETA”. Y sí, el “muy mal” es un eufemismo amable.
Desde el minuto uno, Dalí ya estaba en modo Dalí. En la prueba de sonido, en lugar de decir “uno, dos, probando”, soltó un galimatías en catalán antiguo que sonaba a código genético. Zabludovsky, desconcertado, preguntó si era francés. Dalí, sin inmutarse: “Es catalán… una anticipación del famoso código genético que encontraron Watson y Crick”. El periodista, valiente, remató: “¿Y eso para qué sirve, maestro?”. Respuesta inmortal: “Para la inmortalidad, entre otras cosas”.
Ahí ya sabíamos que la entrevista no iba a ser normal.
El ADN del desastre (y del genio)
Zabludovsky intentó lo clásico: “¿Cuál es la fuente de su genio?”. Dalí, sin pestañear: “La estructura molecular del ácido desoxirribonucleico”. El pobre Jacobo, entre serio y muerto de risa, soltó la pregunta del siglo: “¿Usted lo toma o cómo es esto?”. Dalí lo miró como quien mira a un reloj blando y le explicó que eso no se toma, que él es católico apostólico romano y que todo viene desde la primera molécula que creó Dios. Traducción libre: “Yo nací así, majo. Tú pregunta mejor”.
El momento cumbre del surrealismo periodístico llegó cuando Jacobo, ya sudando, comentó: “Algunas gentes dicen que usted está loco”. Dalí, con la solemnidad de quien explica una obra maestra: “La única diferencia entre un loco y Dalí es que yo no estoy loco. Es una diferencia mínima… pero muy sustancial”. Zabludovsky se rio. Dalí no. Ahí quedó claro quién dirigía la orquesta.
Dinero, místicos y huevos fritos
El entrevistador, buscando terreno más seguro, preguntó por el dinero. Error fatal. Dalí confesó que cuanto más gana, más avaro se vuelve, y que los místicos de la Edad Media querían transmutar la materia en oro. “Mi amor es el oro… después de mi esposa Gala, claro”. Luego remató con una copla aragonesa: “Te quiero como se quiere a una madre, te quiero como se quiere al dinero”. Zabludovsky intentó la trampa teológica: “¿Quiere más a Dios o al dinero?”. Dalí, impasible: “A Dios no lo conozco, nunca me lo han presentado. Solo de forma elíptica y simbólica. Me falta la fe… pero en el dinero sí creo, porque es racional y práctico”.
En ese punto, uno imagina a Zabludovsky mirando a cámara como diciendo: “Ayúdenme”.
La cosmogonía y el grito final
La entrevista avanzó entre huevos fritos en cucharas, museos cristalinos inspirados en Raimundo Lulio, moscas milagrosas de San Narciso de Gerona y lentes de Fresnel para crear tercera dimensión. Cada vez que Jacobo hacía una pregunta “normal”, Dalí respondía con una lección de metafísica, alquimia o cibernética.
Hasta que llegó la pregunta de oro: “¿En qué se realiza mejor su genio: pintura, escultura, grabado, joyas…?”. Dalí se incorporó, excitadísimo, y gritó casi: “¡Ni en la pintura, ni en el grabado, ni en la acuarela…! ¡En mi cosmogonía!”. Zabludovsky, descolocado: “¿Cosmogonía?”. Dalí, ya en modo profesor: “¡Apréndelo! El sistema del Cosmos. Tengo una concepción del Cosmos completamente original”.
En ese instante, la entrevista dejó de ser una charla y se convirtió en performance. El periodista mexicano, acostumbrado a presidentes y toreros, se encontró ante un artista que no respondía preguntas: las disolvía como relojes en el desierto.
Un clásico del YouTube surrealista
Hoy, décadas después, el video de Alejandro Báez se ha vuelto culto. La gente lo ve para reírse, para aprender vocabulario científico medieval y para recordar que, a veces, el entrevistado es mucho más interesante que el entrevistador. Dalí humilló (con elegancia y bigotes) a Zabludovsky sin levantar la voz… casi. El periodista salió “ungido” de divinidad (o eso quiso creer), pero sobre todo salió con una anécdota que contaría el resto de su vida.
Porque al final, esa entrevista no fue “mal hecha”. Fue perfectamente surrealista. Dalí no dejó que le hicieran una entrevista convencional: convirtió la entrevista en una obra de Dalí. Y Jacobo, sin querer, se convirtió en uno más de los personajes derretidos del cuadro.











































