Mirad, yo solo quería ver una foto de la gala de presentación de La Velada del Año en Sevilla y de repente me siento dentro de un capítulo de “Conspiranoia con risas”. Ahí está el escenario, iluminado como si el mismísimo Baphomet hubiera contratado a un diseñador de interiores con presupuesto ilimitado. Luces azules cayendo en diagonal como si fueran rayos de invocación, un fondo lleno de rombos y líneas geométricas que parecen sacados del manual de la logia “Masones 2.0”, y, en el centro del altar (perdón, del escenario), un enorme círculo con una “X” cruzada que parece gritar “bienvenidos al club, mortales”.
¿Casualidad? Claro. Igual que es casualidad que el logo parezca un compás masónico que se comió un sable de templario y luego lo vomitó todo en plan artístico. Y no hablemos de las dos pantallas laterales con “LA VELADA DEL AÑO” escrito como si fuera un sello oficial de la Orden del Sol Naciente pero en versión streamer. Si cierro un ojo y ladeo la cabeza, hasta veo un pentagrama invertido hecho de focos. Satanista light, pero con WiFi.

Y entonces me pregunto lo que cualquiera se preguntaría a las 3 de la mañana con tres Red Bulls encima: ¿y si todo eso explica el éxito de Ibai?
Porque, seamos sinceros. El resto de mortales subimos un vídeo a Twitch y rezamos para que el algoritmo nos dé 47 visualizaciones y un “buen directo bro”. Ibai, en cambio, monta un evento de boxeo con influencers, llena el Bernabéu, vende entradas como churros y encima lo retransmite a millones. ¿Talento? Sí. ¿Carisma? A paladas. ¿Pero un escenario que parece el decorado de una iniciación masónica del siglo XXI? Eso ya es otro nivel.
Imagínatelo. En una sala secreta de Sevilla, Ibai con capucha negra, un par de tipos con mandiles y un cuervo de mascota firmando un contrato con sangre de Red Bull. “Tú nos das el espectáculo, nosotros te damos el imperio digital”. Y de repente… boom. La Velada del Año se convierte en el Super Bowl de los hispanohablantes. Coincidencia 100 % documentada por mí y por mi amigo el de WhatsApp que todo lo sabe.
O igual es mucho más sencillo y yo estoy flipando: el chico tiene un equipo de producción que se ha leído “El Código Da Vinci” tres veces y ha dicho “vamos a meterle simbolismo heavy que queda guay en las fotos”. Pero entonces ¿por qué funciona tan absurdamente bien? ¿Será que el público, sin saberlo, se siente atraído por el subconsciente masónico-satanista-estético? ¿Estamos todos programados para aplaudir cuando vemos una “X” dentro de un círculo y luces que parecen un ritual de luna llena?
Yo ya no sé qué pensar. Solo sé que mientras yo sigo aquí escribiendo artículos desde mi sofá sin ningún símbolo oculto (que yo sepa), Ibai está en Sevilla con un escenario que parece diseñado por Aleister Crowley en colaboración con un director de Hollywood. Y encima se ríe, saluda y dice “¡qué guapo todo!” como si nada.
En fin, amigos. Si un día veis que Ibai aparece con un ojo en la frente o empieza a hablar en latín invertido durante el directo, no digáis que no os lo avisé. Mientras tanto, yo me apunto a la próxima Velada… por si acaso el pacto incluye palomitas gratis para los que nos damos cuenta.
¿Conspiración o mera coincidencia con muy buen diseño? Yo voto por “conspiración con muy buen diseño”. Y tú… ¿ya has mirado la foto dos veces o sigues en negación?







































