Ha llegado el momento cumbre de la revolución woke: ya no basta con banderas arcoíris en cada balcón, con Pronobis en los colegios ni con que te llamen facha por preferir una cerveza fría a un desfile de orgullo. Ahora el siguiente nivel es obligar a todos los hombres a ser homosexuales, y punto. O al menos a fingirlo con entusiasmo y hablando en femenino, que es lo mínimo para no ser un serofóbico homófobo machirulo.
El otro día, en un programa de televisión de esos que parecen parodia pero pagan con nuestros impuestos, tres ilustres activistas del VIH (o como ellos prefieren: “personas seropositivas con mucho orgullo”) se quejaban de que en los 2000 no había “referentes” suficientes. Sí, señores, la tragedia del sida, que se cebó especialmente en ciertos colectivos por prácticas de riesgo bien conocidas, se presenta ahora como una falta de visibilidad inclusiva. Porque claro, si en los noventa hubiéramos tenido más famosos diciendo “¡Hola, soy gay y tengo el virus, y eso mola un montón!”, todo habría sido diferente. La información estaba, las campañas existían, pero al parecer lo que faltaba era glamour seropositivo.
El tono del debate era tan natural como un eructo en un funeral: uno de ellos, como haciendo propaganda de la pobreza energética y jersey de pijama de señora, hablaba con esa cadencia que parece sacada de un taller de “desconstrucción de la masculinidad tóxica”. Otro se quejaba de la “serofobia”, término nuevo que suena a pedo científico y que, traducido del woke al castellano, significa: “cómo te atreves a señalar que una enfermedad infecciosa se transmite mayoritariamente por una vía concreta y que quizás no sea buena idea normalizarla como si fuera un accesorio de moda”.
Y aquí viene lo mejor: según esta vanguardia del pensamiento progresista, criticar o simplemente no aplaudir esta frivolización del sufrimiento equivale a querer que la gente se muera. Porque en el universo woke no hay responsabilidad individual, solo víctimas y opresores. Si pillas el virus por imprudencia en 2025, cuando hasta el más despistado sabe cómo se contagia, la culpa es de la sociedad heteronormativa que no te puso suficientes carteles arcoíris en la sauna.
La deriva española es gloriosa. Mientras medio país se pregunta cómo pagar la luz, la hipoteca o simplemente llegar a fin de mes, los tertulianos de turno discuten si es “violencia simbólica” no celebrar que alguien convierta su diagnóstico en contenido para TikTok. Pronto vendrá la fase dos: campañas institucionales para que los heteros probemos “por curiosidad”, porque rechazar según qué prácticas será considerado “discriminación por orientación sexual no explorada”. Y si te niegas, te llamarán fóbico y te cancelarán el DNI.
Francamente, nos importa una mierda. pic.twitter.com/NuYuCR8FDA
— Rittenhouse renacido (@Rittenreloaded) April 23, 2026
Total, que “francamente, nos importa una mierda” (como decía con gracia el tuitero), pero a estos señores sí les importa que tú te importe. Porque su identidad se nutre de que los demás estemos constantemente validando su narrativa. Si no aplaudes, eres el malo. Si te ríes, eres homófobo. Si señalas la obviedad epidemiológica, eres un nazi.
España 2026: donde el colmo del progresismo consiste en convertir una enfermedad crónica en marca personal cool y acusar de odio a quien prefiera no unirse a la fiesta. Mientras tanto, los de siempre pagan la sanidad, los impuestos y la terapia colectiva que supone ver este circo todos los días.
¡Viva la diversidad! (Siempre que sea la suya, claro). Y que Dios nos pille confesados… o al menos con condón. Porque al ritmo que vamos, pronto será obligatorio llevarlo en la cartera junto al carnet de militante woke.











































