Sí, amigos, mientras vosotros seguís pagando la luz, el alquiler y el IBEX con cara de “¿esto es vida o un reality de supervivencia?”, el Gobierno ha decidido que lo que realmente necesitaba el país era regularizar a medio millón de personas que ya están aquí. ¡Tachán! Papeles para todos los que llegaron antes del 1 de enero de 2026 y hayan pasado cinco meses seguidos sin que nadie les dijera “¡eh, tú, para!”. Es como ese amigo que se queda a dormir un fin de semana y al mes siguiente ya tiene habitación propia, llaves de casa y voto en las elecciones de la comunidad de vecinos.
Pero tranquilos, esto no es una invasión. ¡Qué barbaridad! Las invasiones son cosa de vikingos con cuernos y barcos de madera. Esto es mucho más moderno: es un experimento social de alto nivel. España no es invadida. España se deja invadir con la misma dignidad con la que un sofá viejo se deja colonizar por migas de pan.
Recordad la trayectoria impecable de nuestro pueblo en estos exámenes prácticos de supervivencia nacional:
- COVID: Nos metieron en casa, nos pusieron mascarillas hasta para ducharnos y aplaudimos a las ocho como focas amaestradas. Suspenso técnico, pero con nota en obediencia.
- DANA de Valencia: Llueve como nunca, el agua se lleva pueblos enteros y la respuesta institucional fue… un máster en “vamos a ver”. Los valencianos sacando barro con las manos mientras algunos políticos sacaban fotos. Otro suspenso con honores.
- El gran apagón: Luces fuera, neveras descongelándose y la gente descubriendo que el civismo español resiste mejor que la red eléctrica. Sánchez dijo que era ciencia ficción… hasta que se hizo realidad. Suspenso en previsión.
- Adamuz: Tren contra tren, decenas de muertos y semanas de “estamos investigando” mientras las víctimas esperaban ayudas como quien espera el autobús en un pueblo perdido. Otro brillante “aprobado raspado” en gestión de crisis.
Y ahora, ¡boom! Regularización exprés. Porque si hay algo que España hace de maravilla es no tener dignidad, ni principios, ni valor, ni valores. Somos el alumno que llega al examen sin haber estudiado, copia del de al lado y encima le da las gracias al profesor por no suspenderle del todo.
No nos invaden. Nosotros abrimos las puertas de par en par, ponemos el cartel de “Bienvenidos, pasad, que hay sitio” y luego nos quejamos en el bar de que “ya no hay trabajo, ya no hay piso y la sanidad está colapsada”. Es como quejarse de que la nevera está vacía mientras tú mismo has invitado a toda la urbanización a saquearla.
El experimento es precioso: veamos qué pasa cuando mezclas una población nativa con bajísima natalidad, un Estado con tendencia a la generosidad ajena y oleadas continuas de gente que viene buscando lo que aquí ya no encontramos ni con lupa. ¿Resultado? Un cóctel Molotov social servido con sonrisa progresista y regado con subvenciones.
Los españoles, mientras tanto, seguimos aprobando con un 4,5 raspado en la asignatura “Defensa de lo Propio”. Porque protestar es de fachas, quejarse es de racistas y pedir control de fronteras es de cavernícolas. Mejor calladitos, pagando impuestos y viendo cómo el contador de “diversidad” sube mientras el de “cohesión” baja más rápido que el IBEX en lunes negro.
En fin, queridos suspendidos crónicos: bienvenidos al nuevo capítulo. Apuntaos el título para la próxima temporada: “Cuando ya no quede nada que regularizar… ¿qué regularizaremos?”
Mientras, seguid aplaudiendo. Total, ya estamos acostumbrados. Y si alguien os dice que esto es suicida colectivo, responded con la frase estrella del buen alumno español:
— “Es que hay que ser solidarios, hombre”.
¡Ole por nosotros! ¡Que viva el experimento! Y que alguien apunte la nota en el acta: Suspenso general con matrícula de honor en masoquismo institucional.
¿Próximo examen? Ya veremos. De momento, seguid estudiando… o mejor, seguid mirando para otro lado. Funciona de maravilla










































