Queridos lectores, hoy es uno de esos días en los que uno se levanta, lee las noticias y siente que el universo por fin ha hecho justicia poética. El titular del día, cortesía de El Debate, es pura poesía: “Los fabricantes de balizas V16 acusan a la DGT del desconcierto existente: ‘No se vende ni una’”. Y sí, lo han leído bien. Ni una. Ni media. Ni siquiera con la Semana Santa a la vuelta de la esquina y la gente saliendo en caravana como si mañana se acabara el petróleo.
Resulta que la DGT, ese modelo de claridad y buen hacer, decidió hace un tiempo que los triángulos de emergencia eran cosa del siglo pasado y que todos debíamos comprarnos una baliza V16 conectada al Gran Hermano Tráfico para que, en caso de avería, el satélite nos mandara un “¡Ey, DGT, este pringado está en el arcén!”. Muy moderno, muy siglo XXI, muy “colaboración público-privada”. Los fabricantes, oliendo el chollo, se frotaron las manos, produjeron como locos y esperaban que los españoles hiciéramos cola como en el Black Friday.
🚨 Los fabricantes de balizas V16 acusan a la DGT del desconcierto existente
— El Debate (@eldebate_com) March 24, 2026
«No se vende ni una»https://t.co/yWr0Xw0XyY
Y entonces… ¡zas! La DGT, en su infinita sabiduría, empezó a soltar mensajes contradictorios más rápido que un político cambiando de partido. “Es obligatoria… pero no multamos. Bueno, sí, pero solo un poquito. Mejor usad triángulos si queréis. O no. O sí. Depende del humor de Pere Navarro esa mañana”. El resultado: menos del 50 % de los conductores se tragaron el cuento antes de que empezara el caos, y desde hace meses las ventas se han caído en picado hasta llegar al glorioso cero absoluto. “No se vende ni una”, repiten los fabricantes con cara de haber visto un fantasma (o, peor aún, a Grande-Marlaska explicando la norma en televisión).
Los pobres fabricantes, que hasta ayer se creían los nuevos reyes de la seguridad vial, ya están convocando reuniones de emergencia y amenazando con un “manifiesto común” para obligar a la DGT a “tomar cartas en el asunto”. Traducción: “¡Por favor, multad a la gente ya, que nos estamos comiendo los stocks!”. Hasta han aparecido especuladores chinos vendiendo balizas a precio de saldo en el garaje de casa, como si fueran calcetines de oferta en el mercadillo. Es el capitalismo salvaje, pero en versión baliza.
Y aquí viene lo mejor, el momento en el que todos nos ponemos de pie y aplaudimos con lágrimas de alegría: ¡qué maravilla que no vendan ni una! ¡Qué inmensa, profunda y sincera satisfacción que estos fabricantes, que tan gustosamente colaboraron con los estafadores del gobierno para endosarnos otro cacharro obligatorio, se estén comiendo ahora su propia medicina! Porque sí, queridos, cuando uno se alía con la DGT para convertir una avería en una oportunidad de negocio forzoso, el karma no tarda en aparecer… disfrazado de Pere Navarro diciendo “tranquilos, que de momento no multamos”.
Nosotros, los conductores de a pie, seguimos con nuestro triángulo de toda la vida (ese que cabe en el maletero y no necesita wifi ni actualizarse cada seis meses). Y mientras los fabricantes lloran por las esquinas y la DGT sigue sin saber ni lo que ha hecho, nosotros brindamos con una cerveza (o con un refresco si vais a conducir). Porque pocas veces se ve una estafa tan redonda: el gobierno obliga, los empresarios aplauden… y al final nadie compra nada.
Enhorabuena, fabricantes de balizas V16. Os lo merecéis. Y enhorabuena a todos los demás: seguimos ahorrando y, de paso, disfrutando del espectáculo. Que siga el desconcierto, que la risa está asegurada.






































