En un movimiento tan predecible como el final de una telenovela, Pedro Sánchez ha desembarcado en Kiev con su mejor sonrisa de benefactor y un cheque en blanco bajo el brazo.
Esta vez, el generoso líder español ha decidido que España, esa potencia económica mundial conocida por su sobra de recursos, regale —perdón, «envíe»— un nuevo paquete de ayuda militar de 1.000 millones de euros al pueblo ucraniano. Porque, claro, ¿qué mejor manera de demostrar solidaridad que vaciando las arcas públicas mientras en casa seguimos discutiendo si subir las pensiones tres euros es demasiado atrevido?
El anuncio, hecho con el típico dramatismo de quien sabe que las cámaras están grabando, reafirma el compromiso de Sánchez con la causa ucraniana, esa guerra lejana que parece haber adoptado como su proyecto personal de fin de legislatura. «España está con Ucrania», proclamó, probablemente mientras alguien le ajustaba la bandera de fondo para que saliera perfecta en la foto. Y no es para menos: con este nuevo envío, ya hemos perdido la cuenta de cuántos ceros hemos mandado al frente del Este. ¿Quién necesita escuelas, hospitales o trenes que lleguen a tiempo cuando podemos financiar tanques que, con suerte, no acaben revendidos en el mercado negro?
Por supuesto, no faltaron los aplausos de rigor en la cumbre de apoyo a Ucrania, donde Sánchez fue recibido como el héroe que no sabían que necesitaban. Mientras tanto, en España, los ciudadanos de a pie se rascan la cabeza preguntándose cómo es que el presupuesto para Defensa nunca se acaba cuando se trata de guerras ajenas, pero mágicamente se esfuma cuando hay que ayudar a las personas afectadas por la riada de Valencia, las del volcán de la Palma, las del terremoto de Lorca o cuando hay que arreglar un puente o una carretera. Será que los misiles tienen priority shipping y los españoles no.
No se equivoquen, esto no es una crítica a la solidaridad —qué va, quién podría oponerse a tan noble causa—, sino un aplauso irónico a la habilidad de Sánchez para encontrar dinero donde no lo hay, salvo cuando toca apretarse el cinturón en casa. Mil millones más para Ucrania, dice, como quien pide otra ronda en el bar sin mirar la cuenta. Y mientras el español medio sigue esperando que le arreglen la carretera del pueblo, en Kiev brindan con champán —o con lo que quede después de comprar las balas— a la salud de nuestro eterno donante.
Así que, bravo, Pedro. Otro viaje, otra foto, otro cheque. Solo esperemos que, cuando la factura llegue a Madrid, no nos digan que se han perdido los tickets y que toca seguir poniendo de nuestro bolsillo. Total, para eso estamos, ¿no? Para ser los mecenas involuntarios de una guerra que, por lo visto, Sánchez ha decidido financiar hasta el último euro que nos quede.
Por cierto ¿dónde están los del ‘No a la Guerra’? No se les oye…