¡Atención, fieles católicos, devotos de la torrija y amantes de las procesiones con olor a incienso y saetas! ¡Alerta roja en El País! Han descubierto la verdad que nos ocultaban los de siempre: Sin Ramadán no hay Semana Santa.
El titular es tan brillante que casi me caigo de la silla. Resulta que, si jugamos a la “aconfesionalidad” (esa palabra mágica que usan cuando quieren que la Iglesia se calle pero los demás monten su circo), hay que jugar bien: o ponemos alfombras y megafonías para las dos fiestas… o las sacamos a las dos de la calle.
¡Qué equidad tan hermosa! Qué sentido de la justicia social tan exquisito. Es como si yo exigiera que, para que mi abuela pueda ir a misa de domingo, también tenga que haber una disco tecno al lado con reggaetón a todo trapo “en nombre de la diversidad”. Porque, claro, si no, sería “exclusión”.
El artículo (que no he leído entero porque ya me duele la cabeza de tanto equilibrio) viene a decir, con esa seriedad académica que solo El País sabe fingir, que las procesiones de Semana Santa son un privilegio intolerable si no se acompaña de ramadanes públicos con todo el boato correspondiente. Total, ¿qué más da? España es un país laico, ¿no? Pues quitémosle la Semana Santa a los de toda la vida y metamos, con calzador y subvención incluida, costumbres ajenas.

Porque, recordemos, esa “gente” a la que, según el articulista, hay que hacerle hueco con tanta generosidad… la estamos manteniendo nosotros. Con nuestros impuestos, con nuestra sanidad saturada, con nuestras colas del INEM y con nuestra paciencia ya bastante desgastada. Pero claro, lo importante es no ser “islamófobos”. Mejor ser masoquistas culturales. Es más moderno.
Imaginad el panorama idílico de la nueva España inclusiva:
- Domingo de Ramos: La Borriquita abriéndose paso entre tenderetes de kebab halal y banderas de Palestina.
- Jueves Santo: Hermandad del Silencio seguida de un iftar multitudinario con altavoces llamando a la oración.
- Viernes Santo: El Cristo de los Gitanos pasando por delante de una mezquita improvisada en la plaza del pueblo mientras alguien grita “Allahu Akbar” desde un balcón.
- Y todo ello, por supuesto, con dinero público. Porque la aconfesionalidad del Estado es sagrada… siempre que no moleste a ciertas confesiones.
El colmo del disparate es esa falsa simetría. La Semana Santa es una tradición cultural y religiosa que lleva siglos formando parte del ADN de este país. Forma parte de nuestra identidad, de nuestra historia, de nuestra forma de vivir la fe, el duelo, la alegría y la comunidad. El Ramadán es una tradición legítima… en los países de donde procede la mayoría de quienes la practican. Aquí es una importación reciente, traída por una inmigración masiva que, por cierto, no parece tener prisa por integrarse en nuestras costumbres, sino más bien por exigir que adaptemos las nuestras a las suyas.
Pero según el genio de turno, si no les damos el mismo tratamiento (calles cortadas, permisos especiales, subvenciones, cobertura mediática babosa y aplausos de la progresía), estamos siendo unos intolerantes. Es el típico truco: primero te piden tolerancia, luego igualdad, luego superioridad, y al final te acusan de odio si no te arrodillas.
Así que nada, compañeros de procesión: preparaos. El próximo paso será que, para no ofender, quiten los pasos, los nazarenos y las saetas… y los sustituyan por una marcha de tambores con cánticos en árabe. Todo muy “enriquecedor”. Y si protestas, ya sabes: racista, facha y enemigo de la diversidad.
Mientras tanto, los que pagamos la fiesta (literal y figuradamente) seguiremos calladitos, comiendo torrijas con culpa y viendo cómo nos cambian el país por fases. Porque, como dice el artículo con esa sutileza tan característica: “hay que jugar bien”.
Sí, claro. Jugamos tan bien que estamos a punto de perder la partida. Y la Semana Santa con ella.
Que Dios nos pille confesados… y con buen paso. Amén.






































