Cantillana (Sevilla), ese pueblecito sevillano donde hasta el aire huele a olivo y a “no te metas con la familia”. Pues resulta que un joven de origen magrebí tuvo la brillante idea de hacer lo que en otros barrios pasa desapercibido: birlarle el móvil a un vecino. El problema (y aquí viene la gracia que no tiene desperdicio) es que el vecino no era un payo cualquiera. Era un gitano. Y en cuanto la familia se enteró… se armó la marimorena gitana con mayúsculas.
El chaval, viendo que la cosa se ponía fea (y con razón, porque los gitanos no llaman a la policía: llaman a los primos), hizo lo más lógico del mundo: salió corriendo como alma que lleva el diablo y se refugió en el centro de salud. Sí, señores. El mismo sitio donde la gente va a que le curen un resfriado o a que le saquen una muela. Allí se metió, convertido de repente en el paciente más buscado del pueblo. Fuera, medio centenar de familiares y amigos del gitano montaron un piquete que ni la CGT en huelga general. “¡Que salga, que salga!”, gritaban. Dentro, el magrebí sudando más que en un ramadán con 45 grados.
Pero la historia no quedó ahí. La familia, que no se chupa el dedo, localizó a un antiguo compañero de piso del ladrón y le dieron una somanta de palos que lo mandaron directo al Hospital Virgen Macarena de Sevilla. Cinco o seis tíos en dos coches, calle por medio, y el pobre hombre acabó con lesiones de campeonato. Guardia Civil de por medio, detención incluida y más de diez patrullas desplegadas por el pueblo para que no se liara aún más la cosa.

Al final, las autoridades, viendo que Cantillana estaba a punto de convertirse en el nuevo escenario de Juego de Tronos pero en versión andaluza, sacaron al magrebí del municipio con discreción. “Por su seguridad”, dijeron. Traducción: “Para que no lo conviertan en gazpacho”.
El Ayuntamiento, con la alcaldesa socialista Rocío Campos al frente, sacó un comunicado muy correcto hablando de “convivencia” y “Junta Local de Seguridad”. Lo típico. Mientras tanto, en las calles de Cantillana la gente comentaba lo de siempre: “Mira que robarle a un gitano… este chaval no ha visto La casa de papel ni en la tele”.
La moraleja (y la que tiene su gracia, como decía el usuario) es que hay robos y robos. Robar un móvil a un señor mayor en la Gran Vía es una cosa. Robar un móvil a un gitano en un pueblo sevillano es otra muy distinta. Es como entrar en casa del león y preguntarle si le prestas la melena. El león no te la presta. El león te persigue hasta el centro de salud y monta una concentración que ni en la final de la Champions.
En resumen: el magrebí quería un iPhone. Lo que se llevó fue una lección de antropología gitana exprés y un cambio de domicilio urgente. Y Cantillana… Cantillana vuelve a la calma. O eso dicen. Porque, como bien saben los que conocen el paño, cuando un gitano pierde el móvil, la familia no descansa hasta que aparece. Y si aparece el ladrón también… mejor no estar cerca.







































