Si hay algo que une a los españoles más que el amor por la tortilla de patatas o las discusiones sobre si la paella lleva chorizo, es el arte de pagar impuestos. En este país, no hay sueldo, herencia ni café con leche que se libre de la mano invisible (y bastante pesada) del fisco. Directos, indirectos, sobre impuestos ya pagados… ¡hasta parece que Hacienda nos cobra por el privilegio de ser esquilmados! Y, sin embargo, nunca hay dinero. ¿Dónde va a parar? ¿Se lo quedan los políticos para sus cafés de máquina en el Congreso?
Empecemos por lo básico: te levantas, vas a trabajar (si tienes la suerte de no estar en el paro, claro), y tu nómina ya llega con un mordisco considerable. El IRPF te saluda como ese amigo pesado que siempre pide prestado y nunca devuelve. Luego está la Seguridad Social, que pagas tú y también tu empresa, porque aquí todos somos solidarios… con el sistema, claro. ¿Y qué haces con ese sueldo recortado? Te compras un café: IVA del 10%. Te lo tomas en un bar: IVA del 21% en la servilleta que te dan para limpiarte. ¿Quieres un coche para ir al trabajo? Impuesto de matriculación, IVA, impuesto de circulación… y no olvidemos el impuesto especial sobre hidrocarburos cada vez que llenas el depósito. ¡Es como si el gobierno quisiera que fueras andando, pero luego te cobraran por desgastar las suelas!
Y si crees que te libras cuando te mueres, estás muy equivocado. El Impuesto de Sucesiones y Donaciones está ahí para recordarte que ni en el más allá te escapas. ¿Tu abuela te deja la casa del pueblo? Paga. ¿Tu tío te regala 500 euros por tu cumpleaños? Hacienda asoma la cabeza: “¿Dónde está mi parte?”. Es un sistema tan bien montado que pagas impuestos sobre el dinero que ya fue gravado cuando lo ganaste. Impuestos sobre impuestos, como una matrioshka fiscal que nunca acaba.
Con tanto impuesto, uno pensaría que España es un paraíso de carreteras impecables, hospitales relucientes y pensiones que te permiten jubilarte en una hamaca en las Maldivas. Pero no. Las carreteras tienen más baches que un campo de patatas, los hospitales te dan cita para 2027, y las pensiones… bueno, digamos que más vale que te guste el arroz con tomate. Entonces, ¿qué pasa con todo ese dinero? Porque recaudar, recaudan. Según datos que no vamos a comprobar porque somos vagos pero que seguro son ciertos, España tiene una presión fiscal que ronda el 38% del PIB. Eso es un montón de euros. ¿Dónde están?
La teoría más lógica (y divertida) es que los políticos se lo quedan. No directamente, claro, que eso sería demasiado obvio. Pero imagina la escena: reuniones en el Congreso con café de cápsula a 2 euros la unidad, viajes en clase business para “representar al país”, y esas cenas “de trabajo” en restaurantes donde el vino cuesta más que tu alquiler. ¿Y las obras públicas? Siempre hay una rotonda nueva que cuesta millones y que nadie pidió, o un AVE que pasa por un pueblo de 12 habitantes porque el primo del alcalde tenía un terreno por ahí. Es como si el dinero se evaporara en un agujero negro presupuestario decorado con banderitas de España.
Lo más gracioso (o lo más triste, según el día) es cómo nos venden la moto. “Es por el bien común”, dicen mientras suben el IVA de los pañales o te cobran un impuesto por el sol si pones placas solares. ¿Solidaridad? Claro, pero luego ves que el déficit crece, la deuda pública no baja, y el político de turno se compra una casa con piscina que no se explica con su sueldo oficial. ¿Coincidencia? No lo creo.
Y mientras tanto, nosotros seguimos pagando. Si compras una cerveza, pagas IVA; si la fabrican, pagaron impuestos por la cebada; si la transportan, impuestos por la gasolina. Es un círculo vicioso donde siempre pierdes tú y gana… ¿quién? ¿Los políticos? ¿Sus amigos constructores? ¿La máquina de café del ministerio? Misterio.
Así que aquí estamos, españoles de a pie, pagando impuestos hasta por el aire que respiramos (espera, no des ideas). Es una comedia de enredo en la que el guion lo escriben ellos y nosotros ponemos el dinero. ¿Qué hacen con él? Seguramente se lo gastan en cortinas nuevas para el Parlamento o en un monumento a la burocracia en forma de formulario eterno. Mientras tanto, seguiremos haciendo malabares con la nómina y riéndonos por no llorar. Total, si no pagamos, nos multan… y esa multa también llevará IVA. ¡Viva España!