¡Qué bonito todo, señores! El País ha encontrado la forma de convertir la eutanasia en un cuento de hadas con final feliz y, de paso, en una piñata de órganos fresquitos. El titular ya es puro Disney para adultos: “Donar órganos tras la eutanasia: ‘Ya que no me van a servir, que alguien pueda disfrutar la vida que yo no voy a tener’”. ¡Ay, qué tierno! Parece que el señor que se va a dejar matar está repartiendo chucherías en la puerta del cole: “Toma, mi riñón, que yo ya no juego más”.
Mira la foto que acompaña la noticia (porque sí, hay foto, y es oro puro). Tres sanitarios en pijama naranja, con mascarillas de superhéroes, abrazando a la paciente como si estuvieran en una fiesta de pijamas de hospital. Ella, tumbada en la cama, sonriente, con cara de “¡qué bien me lo estoy pasando antes de que me apaguen como a una lamparita!”. El pie de foto casi te hace llorar de la emoción: “una estrategia de la Organización Nacional de Trasplantes para seguir siendo líderes mundiales”. ¡Líderes mundiales en convertir la muerte en un todo-incluido con regalo sorpresa!

Porque, seamos infantiles como quiere El País: imagina que la eutanasia es como cuando tu juguete favorito se rompe y, en vez de arreglarlo, decides que “total, ya no me sirve” y se lo das al vecino para que él siga jugando. ¡Qué generoso! El paciente, en plan niño grande, dice: “Mis pulmones ya están rotos, ¡que se los quede otro niño y siga corriendo por el parque de la vida!”. Y los médicos, con su mejor sonrisa de animadora, aplauden: “¡Muy bien, campeón! Ahora te pinchamos la ‘medicina mágica’ y ¡pum!, a donar como un superhéroe”.
El País lo cuenta como si fuera la actividad estrella de la semana de la salud en el parvulario: “¡Niños, hoy aprendemos a morir contentos y a regalar nuestras tripitas!”. Impulsar la donación en las “últimas etapas” de la vida, dicen. O sea, cuando ya has firmado el papelito de “matadme, porfa”, te convierten en un supermercado de piezas de segunda mano. ¡Y todo por España, eh! Que tenemos que mantener el récord Guinness de trasplantes mientras fingimos que no es un negocio redondo.
Porque, claro, aquí nadie sospecha nada. Nadie piensa que detrás de tanto abrazo naranja y tanta frase motivacional de Instagram (“ya que no me van a servir…”) pueda esconderse un mercadito negro donde los órganos viajan en neveras de lujo hacia quien más pague. ¡Qué va! Eso sería paranoico. Mejor creernos el cuento de hadas: la eutanasia es diversión, es altruismo, es “disfrutar la vida que yo no voy a tener”. Como cuando le das tu helado al amigo porque tú ya estás lleno… solo que aquí el helado eres tú.
Y mientras El País publica esto con tipografía de noticia seria, en la vida real seguimos viendo cómo se normaliza que la solución a sufrir sea “apagarse” y, de paso, dejar el cuerpo como un Lego desmontable para la industria del trasplante. ¡Bravo! Qué país tan avanzado el nuestro, donde hasta la muerte la venden como una fiesta infantil con piñata de vísceras.
El próximo titular, seguro: “Eutanasia express + donación: ¡dos por uno, y encima te vas con la sensación de haber sido un buen chico!”.
Que alguien le diga a El País que la vida no es un patio de recreo y que matar a alguien para reciclarlo no es “solidaridad”, es simplemente… siniestro. Pero bueno, mientras sigan publicando fotos de abrazos y frases de libro de autoayuda, todo es de color de rosa.
O de color de órganos frescos, según se mire.







































